El síndrome de Estocolmo religioso
La liberación de Ingrid Betancourt, secuestrada por la guerrilla de las FARC durante seis años, ha sido aprovechada (¡cómo no!) por el hombrecillo insufrible para justificar su mala conciencia por haber negociado con ETA cuando era presidente del gobierno.
Dedicó más palabras a ese vano intento de remodelar su pasado que a felicitar a la por fin liberada. “Hoy es un gran día para todos los que nunca hemos creído en la claudicación frente al terror, en las políticas de apaciguamiento del terrorismo y en las negociaciones políticas con los terroristas”, dijo ayer el desmemoriado primer presidente de gobierno que negoció con ETA, el primero que les apeó el tratamiento de terroristas, sustituyéndolo por un amable “Movimiento Vasco de Liberación”, el que acercó a más de 120 presos a cárceles próximas al País Vasco y excarceló a otros 200 terroristas, en lo que Mariano Rajoy, por entonces ministro de Administraciones Públicas, calificaba como política de “gestos”.
No sé si su vergüenza es más corta que su memoria. Pero cuantas veces intente desfigurar la historia, tantas veces habrá que ponerle ante sus ojos la muralla de las hemerotecas.
Al otro lado del hilo, Ingrid Betancourt también atendía a los medios de comunicación para revelar al mundo que, si bien su secuestro físico había terminado, su capacidad para razonar continuaba bajo secuestro religioso.
Después de seis años de maltrato físico y mental continuado, a punto de perder la vida por el deterioro de su salud, manifestaba ese síndrome de Estocolmo que con tanta sabiduría saben administrar las religiones: daba “gracias a Dios y a la Virgen” por su liberación, de la misma manera que el único superviviente del naufragio agradece al Señor su “bondad” por haberle salvado la vida. Su dios, que es omnipotente, permite que la torturen durante más de un lustro; y después hay que agradecerle el cese de las torturas, signo inequívoco de su magnanimidad.
Ahora sólo falta que nos cuente que había un secuestrador muy bueno que le daba de vez en cuando una tacita de café a escondidas.
