El trasvase del agua bendita
Cada época de la historia tiene sus esperanzas y sus terrores. Cuando yo era pequeño los mayores me aterrorizaban, sobre todo, con un dios eternamente enojado al que no conocía ni de vista pero que parecía tener alguna cuenta pendiente conmigo. Bien es cierto que este terror atraviesa el tiempo y el espacio desde el alba de la humanidad, pero en España estaba especialmente aclimatado al terreno.
El segundo terror era un malthusianismo latente (los alimentos crecen en progresión aritmética, mientras que la población lo hace en progresión geométrica), muy preocupante en un país de racionamiento que salía de una guerra que había liquidado la industria y asolado el campo. Y como el único placer gratis en el hogar producía hijos como efecto secundario, yo aquí llegué a imaginarme a una España caníbal, comiéndonos los unos a los otros, en la búsqueda desesperada de proteínas.
El tercer terror lo alimentaban las predicciones catastrofistas del inminente agotamiento del petróleo. En esa mi niñez, el año 2000 era un horizonte lejano contra el que se estrellaban todas las predicciones, las buenas y las catastrofistas. Creo recordar que, en las profecías más optimistas, para el año 2000 los pozos de petróleo llevaban varios años agotados, y el planeta vivía y trabajaba a media luz.
Mi padre nunca se preocupó por el agua. La mineral era un raro capricho de gente delicada de estómago, un despilfarro estúpido eso de pagar por algo que tenías gratis. Y la de la lluvia, abundante en mi Ourense natal, la enviaba dios para solaz de buenos y malos. El dios que intentó inculcarme, con escaso éxito, tenía previstas las más refinadas torturas para cuando me llamara a su seno, pero entre ellas no constaba la sequía. La pertinaz sequía del régimen era más un invento político para justificar la escasez de alimentos que real. Era tan fácil hacer llover, que cualquier párroco, con un estudio atento del cálculo de probabilidades en combinación con el hombre del tiempo, lo lograba sacando el santo en procesión.
Lo que son las cosas, yo previendo una España caníbal y sin gasolina, cuando en realidad en 2008 estamos a punto de matarnos por el agua, aquella agua que mi inocente padre creía que la enviaba dios.
