19 Feb 2009

Una huelga nunca vista

00:58, por Manolo Saco  
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Era algo inaudito. Jamás había ocurrido nada parecido, pero ahí estaban. Mejor dicho, ahí, en su puesto de trabajo, no estaban, se habían declarado en huelga. El pueblo los tenía mitificados desde tiempos inmemoriales. Sin su figura casi omnipotente, el concepto de justicia perdía todo su sentido. Sus sentencias, por mucho que hablaran en un lenguaje extraño para el común de los mortales, infundían respeto, cuando no pavor.

Constituían uno de los pilares del Estado, uno de los más temidos, hasta el punto de que los propios gobiernos recibían sus palabras, sus consejos, sus admoniciones y condenas con desasosiego. Para subrayar su autoridad, gustaban de vestir con extraños ropajes negros, de buen paño, como correspondía a gente de tan alta magistratura.

Siempre se pensó de ellos que, como garantes de la moral, eran incorruptibles, dueños de un profundo desapego por hacer fortuna gracias a los privilegios inherentes a su autoridad, incapaces de participar en las cacerías que engolfan la mente y corrompen el espíritu de los representantes de las otras instituciones del Estado.

Pero por muy inaudito que pareciera, lo cierto es que por primera vez en la Historia, los curas se habían puesto en huelga.

Sólo dios sabe cuántos niños sin bautizar perdieron el paraíso por culpa de que las iglesias habían sido cerradas al culto (el 60%, según el comité episcopal de huelga), ni cuántas parejas amancebadas permanecieron sine die en pecado porque las fechas de sus bodas se habían cancelado, ni cuántos pecadores murieron de un infarto sin haber tenido la oportunidad de alcanzar el perdón, con los confesionarios clausurados y vigilados por fieros comités de huelguistas.

Y ante aquel espectáculo insólito y desconcertante, la gente se preguntaba: ¿Os parece lógico que los curas tengan derecho a la huelga?

30 Dic 2008

La huelga de celo del comandante

01:08, por Manolo Saco  
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La huelga es un mecanismo de defensa, un derecho fundamental de los trabajadores para corregir los abusos que padecen en las relaciones laborales.

Y como todos los derechos, debe estar sujeto a normas reguladoras para que su uso no suponga en sí mismo un abuso. A veces son las leyes las que fijan esas normas, y otras, el sentido común. Por ejemplo, jamás llegaríamos a entender que un médico de urgencias alegase estar en huelga para dejar de atendernos tras un accidente, o que los huelguistas del Metro (como ya ocurrió) regasen con aceite los pasillos para “dificultar” el acceso de los usuarios, alguno de los cuales terminó ingresando en esas urgencias hospitalarias que por fortuna no estaban en huelga.

Los sindicatos, conscientes de que su utilización abusiva trae el descrédito sobre la clase trabajadora, han procurado siempre dosificarla, con un sentido de la responsabilidad que para sí quisieran muchos patronos. Pero hay un tipo de sindicato, llamado profesional “con clase”, como el de los pilotos afiliados al Sepla, que suele utilizar el derecho a la huelga con la frecuencia e intensidad que le viene en gana.

Al igual que Israel elige hospitales y concentraciones humanas para hacer más daño con sus misiles, los señoritos aviadores escogen cuidadosamente los días de mayor concentración de viajeros para que su protesta nos haga el mayor daño posible.

Ellos niegan estar en huelga de celo, pero los retrasos y cancelaciones provocados por ellos en estos días ya afectan a 5.000 vuelos y a 700.000 pasajeros. Los asalariados españoles mejor pagados sólo sueñan con ser clase obrera cuando toca huelga, para subirse el sueldo, y de paso amargarnos impunemente la existencia y entorpecer nuestros desplazamientos en vacaciones. El resto del año sueñan que son comandantes de mentirijillas, con gorra de plato y uniforme de almirante divino de la muerte.

Y mientras, nuestros padres, con el turrón en la mano, esperando que volvamos a casa por Navidad