13 Jun 2008

Han vuelto a visitarme mis fantasmas del pasado

00:53, por manolosaco  
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Entramos en el cuarto día de huelga/paro patronal del sector del transporte. Una parte de los huelguistas mantiene las reivindicaciones que les llevaron a tomar la calle. El gobierno, una vez alcanzado un acuerdo con los que dicen representar al 80% de los camioneros, pasa a dedicar su atención prioritaria, como decíamos ayer, a los efectos colaterales de orden público, en lo que atañe a la defensa de los ciudadanos que se sienten coaccionados por la acción de piquetes violentos.

Son dos trincheras que, tal como están los ánimos, llevan camino de parecerse mucho, como en las guerras, a dos frentes estabilizados, donde nadie da un paso atrás y hace acopio de intendencia para que no le pille el invierno desabastecido. Todos hemos tomado partido, con distintos matices: prensa, ciudadanos, políticos, huelguistas. Y casi todos, más desde las tripas que desde la cabeza.

Las tripas nos decían que un país no puede quedar desguarnecido, y la agricultura, la ganadería y la industria arruinadas simplemente porque un sector con problemas se hubiese empeñado en hacernos a todos partícipes de su sufrimiento.

Y así comenzó un debate ideológico no menos virulento, donde los partidarios, como yo, de no tolerar el chantaje de la violencia, hemos sido enviados a los infiernos donde los renegados de la izquierda han de purgar sus desvaríos. Porque el evangelio de la izquierda dice, en algún sitio que todavía no he localizado, que una huelga, un paro, sin distinción de métodos ni florituras metafísicas, es un derecho inalienable del trabajador, sin especificar si uno defiende al trabajador/propietario de una flota de seis camiones, bien amasada en tiempos de bonanza constructora, o el sueldo miserable del currito al que explotan con jornadas agotadoras.

Recuerdo, en los años finales del franquismo, aquellas interminables asambleas clandestinas de los comités de periodistas democráticos, donde unos nos acusábamos a los otros de “desviacionismo” (los soviets eran nuestro espejo revolucionario) ante la menor sospecha de no tener el suficiente pedigrí de rojos.

Ayer, más de treinta años después, volví a ver desfilar mis fantasmas del pasado por esta bitácora.

10 Jun 2008

Las huelgas de camioneros las carga el diablo

00:15, por manolosaco  
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Estamos en 1973. Chile tiene un gobierno socialista desde hace tres años. Gobierna Salvador Allende con la oposición de la derecha, de los democristianos y, lo que es peor, de los Estados Unidos, cuyo secretario de Estado es un presunto delincuente internacional llamado Henry Kissinger. “No veo por qué tenemos que quedarnos como espectadores y mirar cómo un país se vuelve comunista por la irresponsabilidad de su propio pueblo”, había dicho este raro espécimen de demócrata que con el tiempo habría de mancillar para siempre la institución de los premios Nobel de la Paz.

En el mes de agosto, financiados por la administración norteamericana, los camioneros deciden una huelga general indefinida, a la orden de su presidente confederal, uno de los dirigentes del grupo paramilitar de ultraderecha “Patria y Libertad”.

Los camioneros consiguen, mediante la fuerza de los piquetes, paralizar todo el país. Al que se opone se le amenaza de muerte, se le pinchan las ruedas o se le quema el camión. La gente se precipita a llenar los depósitos de gasolina, y acapara alimentos ante el pánico a un inminente desabastecimiento. La coalición de derechas de Alessandri y, sobre todo, la Democracia Cristiana de Eduardo Frei se aplican a correr el bulo de la parálisis de la economía, incitando a la gente a vaciar las tiendas y a retirar los fondos de los bancos.

Toda una clase media se sintió amenazada, convenientemente excitada y aleccionada en sus misas dominicales por una Iglesia golpista, aprendiz del brujo Richard Nixon que meses antes había recomendado a su gabinete la necesidad de “desestabilizar la economía del país”.

A una señal de Washington, el felón democristiano Eduardo Frei, presidente del Senado, declara inconstitucional el gobierno democrático de Salvador Allende.

El resto creo que ya lo recordáis. Después de comulgar, el general Pinochet, que meses antes había puesto a dios por testigo para defender la república, se convierte en uno de los más famosos asesinos en serie de la historia.

Pero eso sólo ocurre en países como Chile. Creo.
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Meditación para hoy:

Ayer salí de mi oficina temprano para cargar de gasolina el coche. Medio Madrid había salido temprano de sus lugares de trabajo para hacer lo mismo. Los que me tocaron a mí formaban una cola kilométrica antes del surtidor. Así que me di media vuelta porque no estaba dispuesto a que los huelguistas decidieran por mí en qué empleo mi tiempo libre. Aproveché para ir a comprar a una gran superficie cercana. Creo que ocupé la última plaza de aparcamiento que quedaba libre. Llegué temiéndome lo peor. Y lo peor era que la otra mitad de Madrid que no estaba en la cola de las gasolineras hacía cola delante de las cajeras, con los carros llenos de leche, aceite, cervezas… Me di la otra media vuelta que me quedaba y llegué a tiempo a la tiendecita de mi barrio. Entre un tumulto de gente, un empleado ponía “al día” los precios. Los de la leche, el aceite y las cervezas habían sufrido un súbito empuje hacia arriba. Creo que ya empiezo a entender la economía de mercado.

08 May 2008

A la huelga como acto de supervivencia

01:05, por manolosaco  
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Madrid goza de una de las más raras y más ficticias culturas tradicionales, ahogada por la multiculturalidad, que todo lo diluye, hasta el punto de que en los lugares de trabajo hay que poner mucho empeño para encontrar al madrileño “pata negra”. Para los ultranacionalismos eso es un inconveniente, mientras que para los habitantes de Madrid supone vivir en un espacio de libertad y feliz anonimato, donde caben todas las razas, religiones, apellidos, colores de piel, idiomas y fortunas.

Pero su doble condición de capital del Estado y de Comunidad Autónoma la convierte en escenario de toda reivindicación posible, sea local o estatal, algo así como el manifestódromo que eleva a primera división los conflictos y afanes de los habitantes de su periferia. Cuando una manifestación no se estrena en Madrid, es como una obra de teatro que no se estrena en Broadway.

Los gallegos, vascos, valencianos, catalanes… suelen discernir fácilmente quién está detrás de cada decisión de gobierno. Madrid, en cambio, juega con esa indefinición y un nacionalismo folclórico de chulapos y chulapas que sólo salen a pasear en las fiestas de San Isidro (el santo con más jeta del paraíso, que dormía la siesta a la sombra de un árbol mientras le hacían el trabajo los ángeles), indefinición alimentada por sus autoridades autonómicas para apuntar los éxitos a la lideresa y los fracasos al gobierno central.

Cuando el Metro se rompe (que es todos los días en alguna de sus líneas), los viajeros desorientados desalojan los vagones de mala gana y echando pestes a partes iguales contra Zapatero y contra Esperanza Aguirre. Cuando alguien se pierde por los pasillos de las urgencias de los hospitales nunca sabe si maldecir al ministro de la nación o al consejero de Sanidad. Ya se sabe que la culpa siempre es del otro.

Aparte de la capital del reino de España, es también el laboratorio particular donde la presidenta de la comunidad autónoma desarrolla su política tatcheriana de privatización de lo público, una especie de ensayo general con todo para su asalto definitivo al poder del gobierno central, con el permiso (o sin él) de Mariano Rajoy.

En el gran manifestódromo están de huelga ahora los profesores de la cada vez más menguada red pública de educación, entregada a colegios concertados, muchos de ellos dirigidos y gobernados por organizaciones católicas integristas, y hoy comienzan su huelga los trabajadores de la sanidad. Ambos sectores están siendo expuestos sin pudor a la voracidad neocon de los correligionarios de Esperanza Aguirre. Desaparece el Instituto Madrileño de Salud, organismo clave para la prevención y vigilancia de la salud pública, y los laboratorios de análisis clínicos pasan a manos privadas, entre otras medidas de los ultraliberales.

La enseñanza y la sanidad deben, según su ideario, atenerse a criterios de rentabilidad, sin que importe el deterioro galopante del servicio prestado. La buena educación y la buena salud para el que pueda pagarla. Apoyar estas huelgas, pues, para defender la justicia equitativa de los servicios públicos esenciales, es casi un acto de supervivencia para todos nosotros y un deber para con las próximas generaciones.

24 Dic 2007

La acumulación de basura como método de negociación

01:08, por manolosaco  
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Dice el manual de buen revolucionario que “cuanto peor, mejor”. Las revoluciones parten de situaciones de injusticia, y es bien sabido que si un millonario se hace revolucionario, como Bin Laden, es porque tiene una enfermedad mental (quizá una inflamación religiosa). De hecho, todas las navidades, hacia el día de la lotería, me asaltan unas enormes ganas de ser rico para dejar de ser rojo para siempre, lo cual me acarrearía, sin duda, incontables problemas de conciencia que me vería obligado a tratar allá por las Seychelles, con una cura de baños y masajes antiestrés a cargo de una hermosa nativa.

Cierto es que los motivos catastróficos para erigirse en líder revolucionario, como bien demuestra la historia de la mayor parte de los golpistas, pueden inventarse para que los ciudadanos saludemos la llegada de los salvapatrias. El catastrofista Partido Popular, rey del “cuanto peor, mejor”, lleva intentándolo cuatro años.

El mismo método es aplicado por todos los huelguistas que deseen asegurarse el triunfo: cuanto mayor sea la implicación de la ciudadanía en su problema particular, cuanto mayor sea el caos inducido, mayores probabilidades de éxito. Los trabajadores de aviación, autobuses o ferrocarriles, en huelga en fechas que puedan incomodar al mayor número de usuarios, conocen bien los efectos del caos generalizado para el éxito de su negociación.

En Madrid, por ejemplo, llevamos una semana soportando una huelga de trabajadores de limpieza de Metro. Por si me está leyendo algún marciano, le diré que Madrid es ese paraíso de las cacas de perro en las aceras, de las bolsas de plástico volanderas y colillas sembradas por la calzada. La falta de educación de buena parte de sus habitantes es un magnífico aliado de cualquier huelguista de los servicios de limpieza.

Y si en unos casos el éxito viene dado por el caos inducido entre los viajeros, en éste el efecto psicológico lo consiguen los trabajadores ayudando a extender la basura natural, volcando papeleras, troceando en miles de cachitos todo papel que se ponga por delante, en ese efecto conocido de molinillo para extender la mierda, para que la incomodidad de todos les ayude a mejor negociar.

Lo suyo se arreglará, sin duda, un día de estos. Lo del PP, en cambio, me temo que va para largo, aunque estoy dispuesto a soportar su actitud y su basura durante cuatro años más, si eso les hace felices.