Enfermos e hijos de padres hostiles
Nicolás Sarkozy, como presidente de turno de la Comunidad Europea, intenta que la ONU apruebe la despenalización universal de la homosexualidad. Pero ya se ha encontrado con la oposición declarada del mundo islámico y del Vaticano, copartícipes de la misma obsesión y en feliz armonía contra el pecador. El alineamiento del Vaticano con países que se rigen por la sharia, o ley islámica, que desprecian los más elementales usos democráticos, es un paso más en su confabulación contra la consolidación de los Derechos Humanos en el mundo.
En España, hasta apenas el otro día en términos históricos, la homosexualidad era perseguida con penas de cárcel, con la aplicación de un cajón de sastre llamado Ley de vagos y maleantes. Eran esos tiempos en que la Iglesia no estaba perseguida, como hoy, según monseñor Cañizares, sino que era la perseguidora. Algunos jueces cristianos todavía extendieron sus tentáculos en democracia, como Ferrín Calamita, pues creen que el matrimonio homosexual no puede ejercer el derecho de adopción porque convierte a los niños en “cobayas humanos”.
Los fundamentalistas cristianos son tan activos como los islámicos en considerar la homosexualidad como una enfermedad, como un trastorno de la conducta. La familia tradicional es la célula primigenia con la que se acaba construyendo el cuerpo de las religiones. En su seno se forman los miedos irracionales de los futuros creyentes. Por eso, una familia atípica, como la homosexual, estéril por naturaleza, es un elemento incontrolable para la férrea estructura de las religiones.
El psiquiatra español Enrique Rojas, miembro del Opus Dei, ve la homosexualidad como “un proceso clínico que tiene una etiología, una patogenia, un tratamiento y una curación”. Y otro psiquiatra de la misma secta, Aquilino Polaino, sostiene que “los gays son hijos de padres hostiles y alcohólicos”. Con esos mimbres trabaja la vanguardia intelectual de las organizaciones homófobas.
Aquí, en España, menos mal, sólo pretenden curarlos, pero en algunos países islámicos los matan. En el Afganistán de los talibanes los amontonaban en el suelo y les pasaban un tanque por encima (25-2-98). En los países teocráticos los persiguen con penas de lapidación hasta morir, o de cárcel, penas que oscilan desde los 5 a los 20 años de reclusión y, como ya os podéis imaginar, continuada tortura física y psicológica.
Benedicto XVI debería dejar por un momento sus obsesiones y considerar quienes son sus compañeros de viaje y qué comportamientos crueles está favoreciendo con su actitud. Aunque sólo fuese por caridad cristiana.
