Mi banco se niega a aceptar la doctrina Rajoy
Segundo día del terremoto Garzón.
Como los buenos huracanes, va ganando en fuerza según se acerca al golfo de Génova 13. Toda la derecha en bloque ha continuado ayer clamando contra el juez campeador. Mariano Rajoy, a la cabeza, el presidente de un partido que todavía a estas alturas se niega a condenar el golpe de Estado de Franco y sus años de represión, echaba mano del tópico: “No soy partidario de reabrir las heridas del pasado”. Rubalcaba, el ministro del Interior, le contestaba que precisamente se trataba de cerrar heridas no curadas, no de reabrirlas. Y remataba con la pregunta que se hacen todos los demócratas con pedigrí: “No entiendo que tantos años después nos preocupe que una persona busque a su padre o a su abuelo para enterrarle, no entiendo qué puede molestar eso a nadie”.
Rubalcaba, lo digo para las entendederas de la caverna que por aquí nos visita, se hacía una pregunta retórica. La pregunta retórica, queridos niños, es la que se contesta por sí misma, la que en el enunciado lleva la respuesta. Sólo puede molestar, pues, el recuerdo del pasado a quienes tienen cuentas pendientes con él. Me ocurre a mí con mi banco y “nuestras cuentas pendientes”. El banco, el muy jodido, jamás olvida. El único problema para que cuele la doctrina Rajoy ante el director de la sucursal donde se refugian mis deudas es el pequeño detalle de que soy yo el que tiene pendientes algunas cuentas con la entidad, y no al revés.
Si fuera cierto lo que asegura Rajoy, serían los familiares de las víctimas, quienes han padecido en sus carnes esas heridas que todavía supuran, sin cerrar, las que deberían protestar, y no los herederos morales de los verdugos. Quienes todavía tienen las heridas abiertas son los que mayor empeño tienen en curarlas.
Durante muchos años, y va para más de 70, los beneficiarios de la guerra civil pudieron honrar a sus muertos. Hasta les levantaron monumentos catedralicios para que el despistado de su dios supiera distinguir inmediatamente a los buenos golpistas de los malos demócratas. Cambiaron la historia para contar su falsa versión de los hechos a las generaciones siguientes. Llenaron con sus nombres de falsos héroes plazas, calles y avenidas. Erigieron monumentos ecuestres a los cabecillas de la barbarie, monumentos sobre los que las palomas, tan inteligentes ellas, nos hacían el favor de cagar diariamente por nosotros.
Los parientes de las víctimas todavía tienen que circular hoy por calles dedicadas a los asesinos, calles que en la República se llamaban de la Constitución o el Progreso, usurpados sus nombres por los del Generalísimo Franco, General Mola y fascistas de coro que colaboraron en el terror de la postguerra.
El callejero de toda España acabó siendo una suerte de geografía humana del golpe de Estado, una ofrenda a los héroes de su cruzada. Los vencedores tuvieron un cuidado extremo en dejar la huella de sus nombres. Y no sólo en las calles. Conozco una familia numerosa republicana cuyos hijos habían sido inscritos con nombres que hacían referencia a los meses de la revolución francesa: Germinal, Floreal, Thermidor… Tras la guerra, el nuevo régimen obligó a bautizarlos con nombres cristianos. Hoy se llaman José Antonio, Francisco, Pilar…
Creyeron que bastaba con cambiarles el nombre para cambiarles la razón. Y casi lo consiguieron. Por eso siguen pensando que el olvido pertinaz puede cambiar la historia.
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Primera meditación para hoy:
Dudo de que sea cierto lo del supuesto hijo de Aznar con la ministra de Justicia francesa. Lo dudo porque son las debilidades, y no las virtudes (lo que ellos consideran virtudes), las que confieren carácter humano a los hombres perfectos. Y Aznar, que se sepa, por ahora no es más que un perfecto hombrecillo insufrible.
Segunda meditación para hoy:
Va un tipo, de nombre Fan Jul, a tramitar una documentación en una ventanilla de la Administración. El funcionario le pregunta al tal Fan Jul: ¿Está usted empadronado? A lo que le contesta Fan Jul, un poco cortado: No, señor, es que es mi manera de ser.
