La proyección pública, lo interesante y lo importante
No era necesario ser un experto jurídico para concluir, como muchos de nosotros sosteníamos anteayer, que la demanda de la hermana de la princesa era un disparate… o un mal consejo. La juez ha decidido que la solicitud tenía una “inviabilidad jurídica” porque la demandante en realidad sí cuenta con proyección pública, aunque muy a su pesar, bien es cierto.
Tecnicismos aparte, se me viene a la cabeza el papel de los medios de comunicación, sobre todo el más poderoso, la televisión, y su capacidad para entrometerse en la vida de los demás, perseguirles con cámaras ocultas mientras hacen pilates en el gimnasio, o cuando van a recoger al colegios a sus hijos, o cuando pisan un aeropuerto.
Todos los días pillo inevitablemente el final de un programa rosa que precede al telediario. Y todos los días me asombra la cantidad de gente famosa que existe cuyos nombres no me suenan en absoluto, ni sé a qué afanes dedican su existencia, los pocos que en verdad tienen un oficio conocido distinto al de ser amante o pariente de otro a su vez más famoso por motivos igual de misteriosos para mí. Pero los sabuesos de esa especie de prensa, en estado de permanente ansiedad para conseguir lo que ellos creen una “exclusiva”, insisten en hacer las preguntas más estúpidas con la vana esperanza de ser correspondidos con una respuesta inteligente.
Da lo mismo que se le haya muerto el perro, la suegra o el marido. Hay nueve posibilidades contra diez de que el perspicaz periodista le pregunte: “¿Cómo te sientes en estos momentos?” Unos le miran con estupor, otros contestan con un monosílabo, y no falta quien, harto de tanto acoso, acabe insultando, sin más, al sagaz reportero. Lejos de avergonzarse, la cadena (de verdad que algunas veces habría que tirar de la cadena) emite esas imágenes como un hito en el género de la entrevista, cuando la verdadera exclusiva hubiese sido: “Me siento muy bien, feliz de verle muerto de una puta vez”. O algo por el estilo.
Es la vieja duda entre los dos conceptos sobre los que nos debatimos en este oficio: en qué consiste lo importante y en qué lo interesante, y a cual de los dos debemos dar primacía. Si ese tipo de televisión es una basura porque eso es lo que quiere el público, o si el público se traga esa basura porque es el reflejo de las mentes podridas de los que programan la televisión. El huevo y la gallina.
