Las derechas humanas
Cuando el Baron de Coubertin impulsó los modernos Juegos Olímpicos a finales del XIX pretendía encauzar la rivalidad de los pueblos en una contienda deportiva. Era lo que él llamaba “el espíritu olímpico”, un intento por resucitar las olimpíadas de la antigua Grecia, capaces de forzar treguas en los conflictos armados para propiciar su celebración pacífica.
Los del siglo XX no surtieron, por desgracia, el mismo efecto. Fueron las dos grandes guerras las que pararon los Juegos Olímpicos, y no al revés, e impidieron su celebración en 1916, 1940 y 1944. Para los atletas es un acontecimiento esperado, por su difusión mediática planetaria, mayor que los campeonatos del mundo de su especialidad. Para las naciones es una operación de imagen y de marketing. Queda por saber qué pesa más en el resultado final, si los resultados deportivos o el negocio.
Hitler quiso utilizar el acontecimiento, en Berlín 1936, para la promoción de la “raza aria”, con el consiguiente disgusto indisimulado al ver subir al podio a Jesse Owens, un negro afroamericano, representante de lo que él consideraba la raza degenerada. En los de México de 1968, el puño cerrado de los black power, el poder negro, como protesta por la situación de marginación de los negros en los Estados Unidos, fue televisado a todo el orbe desde la cima del podio, como la culminación de la subida al Everest de la protesta.
En 1972 hizo su aparición en Munich Septiembre Negro, el grupo terrorista palestino que asesinó a once atletas israelíes. En 1980 los Estados Unidos boicotearon los Juegos Olímpicos de Moscú, y en justa correspondencia, la URSS boicoteó los siguientes de 1984 en Los Ángeles.
Queda claro, pues, que los juegos conllevan un ingrediente político ineludible, y que su celebración es el termómetro de las relaciones internacionales. En ello estamos, cuando inevitablemente surge la pregunta capciosa: ¿Justifican los Juegos Olímpicos la pervivencia de regímenes totalitarios, corruptos, o criminales?
En esta China de 2008, la dictadura que sólo permite el partido único, como el hijo único, que aplica la pena de muerte con largueza, que no respeta ninguno de los derechos humanos, resulta que nuestros representantes políticos avisan a nuestro atletas de “que aquel no es el foro adecuado” para las protestas. Es decir, un gobierno de izquierda pide a sus atletas que no aprovechen su “sport power” para denunciar la situación política de China, mientras un gobierno de derechas, como el de Bush, denuncia públicamente la conculcación sistemática de los derechos humanos por parte de la dictadura que gobierna el inmenso territorio más poblado del planeta.
La izquierda mira para otro lado. Y la derecha cínica que consiente la pena de muerte en su país y que mantiene un gulag como Guantánamo, donde se tortura impunemente ante los ojos de todo el mundo, levanta tímidamente la voz. Son los efectos embriagadores, no del albariño, sino del circo olímpico bien administrado.
