Pues yo prefería malo conocido
A pesar de que los maldicientes aseguran que más vale malo conocido que Bono por conocer, lo cierto es que a Bono lo conocemos muy bien. Finalmente ha sido elegido, por los pelos, eso sí, y contra el deseo de más de un peso pesado del partido socialista, entre ellos Alfonso Guerra.
Ahora que está de moda el símil del jarrón chino de Aznar, el PSOE acaba de colocar el suyo en la presidencia de las Cortes, el único presidente de la democracia que ha necesitado el recurso de la repesca de la segunda votación para ser elegido, y cuya estrella ya venía declinando desde las recientes elecciones, donde el famoso “efecto Bono” fue incapaz de evitar que los populares ganaran al PSOE por cinco puntos en Castilla-La Mancha.
Bono es un jarrón chino lleno de vino rosado, ese que no es blanco ni tinto y que, a fuerza de indefinición, los aficionados creen que vale para cualquier comida. Zapatero cree tener con él una deuda de honor por haberle birlado la secretaría general del partido, y quizá considere que el ex presidente manchego atesora virtudes muy útiles para la batalla de la próxima legislatura. Entre ellas la de ser de derechas y católico practicante. Si es así, craso error (¿craso? DRAE: Grueso, gordo o espeso) porque la Iglesia de Rouco Varela ya ha avisado que piensa sacar a la calle a sus feligreses cuantas veces sea menester. Las pancartas ya está preparadas.
Un vino rosado que no sirve como vino de misa y que se halla en las antípodas del chispeante cava catalán. La todavía ministra de la Vivienda, la catalana Carme Chacón, procedente del PSC, es otra militante socialista que no podrá olvidar ni perdonar jamás el anticatalanismo militante de Bono, pero tendrá que sufrir la contemplación durante cuatro años del jarrón chino dentro de la capillita del altar de las Cortes.
Bono dejó en su día en ridículo a Zapatero y a José Blanco tras negarse a enfrentarse a Gallardón para la alcaldía de Madrid, cuando ya en el PSOE celebraban su probable victoria, tal como auguraban sus encuestas secretas. Aquella imagen de político ciclotímico y traidorzuelo intentará lavarla ahora, mucho me temo, con la sobreactuación que le caracteriza.
¡Manda güevos!… digo, ¡Dioj mío!
