La política de gestos y el lenguaje de los bigotes
Temo que a veces la política de gestos pueda eclipsar a la otra política, la de las ideas. He visto a Zapatero muy ufano del toque femenino de su nuevo gabinete ministerial y de la juventud de una de sus ministras, como si ello fuese un valor en sí mismo. A bote pronto parece un orgullo un poco infantil, y un mensaje peligroso, porque podría sembrar la duda de que en el currículo de un candidato a ministro pesa más el sexo que la preparación para el cargo.
El caso más llamativo es el nombramiento de Carme Chacón como ministra de Defensa. La elección de una mujer, y además embarazada, prefiero pensar que ha sido decidida como un test, como un experimento para pulsar el grado de aceptación de la mujer en el ejército, más que por una preparación específica para ese cargo. (Ahora que lo digo, tampoco se me ocurre ninguna habilidad especial para ponerse al frente de ese ministerio).
Imagino, eso sí, el latigazo de estupor que debió de recorrer los cuarteles este fin de semana. Una institución milenariamente masculina y machista, que ha aceptado a regañadientes la presencia de la mujer en sus filas, va a estar dirigida por alguien que de pequeña jugaba con las muñecas en vez de a la Guerra de las Galaxias. Y una mujer muy próxima al nacionalismo catalán (recordemos su rifirrafe con Rodríguez Ibarra) que puede provocar rechazo en esa parte de las fuerzas armadas que considera que la profundización en el desarrollo del Estado de la autonomías significa la ruptura de España. Unos lo van a considerar una apuesta valiente… y otros, una provocación.
Comprendo el mensaje, alguien tenía que romper de una vez con el estereotipo. Quizá lo exija la política de gestos, ahora que más que nunca el mensajero es el mensaje. Como ha ocurrido con el bigote de Martínez Pujalte, afeitado en tiempos en que le van a exigir su alineamiento con uno de los dos bandos en liza dentro de su partido. Tendré que acostumbrarme, pero es como ver a los payasos sin su nariz roja y redonda. Ya no sé si me va a hacer la misma gracia.
Con Sadam Hussein se sabía el grado de adhesión al jefe en la medida en que sus colaboradores lograran imitar la textura y el dibujo de su bigote. Era casi el logotipo del régimen. Cuando entraron los americanos en Bagdad la población se apresuró a descolgar de las paredes el retrato del líder de la revolución y corrieron todos a afeitarse el logotipo. Es una lección histórica de la que Mariano Rajoy debería sacar buen provecho. Yo de él, por ejemplo, permanecería atento a la estabilidad de otro bigote, el de José Manuel Soria, el presidente del PP de Canarias, un clon asombroso de José María Aznar, en el espíritu y en el mostacho. Por la permanencia o no de ese bigote bajo la nariz del canario podría llegar a conocer con anticipación cuáles son sus intenciones como compromisario para el congreso de junio y el humor del hombrecillo insufrible que lo habita.
Es lo que tiene la política de gestos, que obliga a permanecer atentos a los más leves cambios. Por fortuna, vivimos en democracia, porque este tipo de política de imagen hubiese tenido efectos devastadores en Carme Chacón en tiempos pretéritos y no muy lejanos: no quiero ni pensar cómo le hubiese sentado el bigote pitillo de los falangistas mientras pasaba revista a un batallón del ejército victorioso.
