Nueva ración de España se rompe
Cuando el homo antecessor del PP, José María Aznar, designó con su dedo todopoderoso a Mariano Rajoy como sucesor, una sensación de alivio recorrió media España. La otra media no se alivió hasta días después. Yo fui, lo confieso, uno de los pardillos que saludó el nombramiento de Rajoy casi como la venida de un mesías que iba a traer al Partido Popular una pizca de cordura y fair play, aportando una forma respetuosa de hacer oposición.
Como profetas somos impagables. Todavía hoy me pregunto qué es lo que no entendimos: si el sucesor del hombrecillo insufrible era sólo la marioneta que movía los labios para dar salida al verbo rencoroso de quien le manejaba en la sombra; o si Mariano hacía una excelente escenificación en su etapa de hombre tranquilo y mesurado; o si en realidad en esta segunda existencia pública había encontrado el papel de su vida representando el personaje de cafre de la política… o si, tal como me temo, todos los que veíamos en él el ingrediente que nos faltaba para el sosiego somos la panda de analistas políticos más zarrapastrosa del panorama periodístico.
Los que le conocen dicen del presidente del PP que vive ahora obsesionado con borrar toda huella de aznarismo de su círculo íntimo. Ello explicaría la defenestración de Zaplana y Acebes, y el subsiguiente nombramiento de Soraya Sáenz de Santamaría como portavoz del Congreso de los Diputados y Diputadas que diría Ibarretxe, al que tanto aborrece.
Y ya hay quien piensa que su dulce presencia es una apuesta por el diálogo y el consenso en esta legislatura. Pero no seré yo quien vuelva a tropezar en la misma piedra. La hasta ahora mano derecha y firme de Mariano Rajoy en política local y autonómica era la responsable, al menos por delegación, de las campañas de “España se rompe”, una de las columnas vertebrales de la oposición del PP en la pasada legislatura, que tanto daño ha hecho a la política de buena vecindad entre territorios autonómicos. Se hartó de hablar de “cohesión y solidaridad”, pero ha sido el ariete de Mariano para embestir sin el menor tacto político a la España autonómica. Permaneced atentos, pues, porque creo que nos la quieren colar de nuevo, para que cuando llegue el día no penséis que os la han cambiado: es que ella era así.
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Meditación para hoy, extraída de la vida misma:
Tras muchos años de profesor de instituto, un amigo mío decidió celebrar su inminente jubilación con un capricho: comprarse un Audi A 3 de segunda mano, el más pequeño de la gama, modesto sueño con el que culminar su vida laboral. Con su sueldo de 2.000 euros mensuales, más el de su esposa, pagada hace ya tiempo la última letra de la casa, creyó haber alcanzado el nivel de ingresos suficiente para hacer frente a la letra mensual del viejo nuevo coche. Lo que no le contó el vendedor es que el vehículo de ocasión debería pasar muy pronto la revisión de los 90.000 kilómetros. Al cabo de unos días, una lucecita se encendió en el salpicadero con la orden apremiante de que tenía que pasar la inspección. Entró en un taller oficial de Audi.
-Hay que cambiar la correa de la distribución -le dijeron.
-¿Y eso cuánto cuesta?
-Son 1.350 euros -le espetó el recepcionista, sin anestesia previa.
-¿Por una correa? ¿Por el trabajo de un día? ¿Casi mi sueldo de un mes?
-Bueno, por una correa y por cambiar el aceite.
Desde entonces, el viejo profesor, cada día al entrar en clase se pregunta qué hacen sus alumnos allí, perdiendo el tiempo con las matemáticas, cuando deberían estar aprendiendo materias provechosas, como el arte de cambiar correas de ventilador.
