10 Abr 2008

El debate sobre la investidura de Mariano Rajoy

00:29, por manolosaco  
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El segundo día de debate ha tenido poca chicha, aunque sí el morbo de ver el estreno de Rosa Díez, ex compañera de partido del candidato a la investidura. La que fue durante varios años consejera de Comercio, Consumo y Turismo del Gobierno Vasco del nacionalista PNV, con Ardanza como lehendakari, la que durante ocho años se aseguró el sueldo de eurodiputada en el pesebre de un partido cuyas ideas no compartía, llegó al debate de investidura con la intención indisimulada de apuntalar la política antinacionalista del Partido Popular para esta legislatura que estrenamos. Por lo que hemos oído viene a reverdecer el viejo lema de la derecha de que España se rompe: “Se ha empezado a romper”.

El resto de la sesión, con votación incluida, discurrió por los caminos previstos. Era fuera del hemiciclo, en realidad, donde otro debate reclamaba el interés de los españoles. Como decíamos ayer, Mariano Rajoy se examinaba entre los suyos, en lo que ya es una guerra abierta por su sucesión. Del almuerzo el viernes pasado entre él y la lideresa poco se sabe. Pero ayer volvieron a almorzar en un acto multitudinario, y compartieron mesa y mantel. Les vi por televisión. Esperanza sonreía con esa mueca zaplanesca de cartón piedra, que lo mismo sirve para un pésame que para una juerga. Mariano no tenía ni ganas. De comer, no sé, pero las pocas ganas de sonreír ni las disimulaba.

Yo imaginaba a Ruiz Gallardón, el otro herido, que no muerto, viendo la escena desde su refugio de Pekín, por el canal internacional de TVE, analizando el lenguaje corporal de abatimiento de un Mariano Rajoy que tenía que esforzarse por mirar a los ojos a su queridísssssima adversaria, al tiempo que intentaba vender a los chinos la candidatura olímpica de Madrid mientras el COI se replanteaba suspender la gira de la antorcha. Lo de Gallardón es un sinvivir, es como estar harto de la guerra de Irak y pedirse unos días de permiso para veranear en la guerra de Afganistán.

Mientras la antorcha de los anfitriones a duras penas mantenía viva la llama, su vicealcalde le guardaba la viña atizando el otro fuego contra su rival: “Lamento el espectáculo que está dando Esperanza Aguirre”, y a continuación, y sujetándose los machos, se sentó en la misma mesa en la que almorzaban, sin dirigirse la palabra, su presidente y su futura presidenta, si su dios no lo remedia.

Cierto es que también disparaban desde la otra trinchera. El que fue portavoz en el primer gobierno de Aznar, Miguel Ángel Rodríguez, tiraba a dar, y no precisamente con balas de fogueo: “Rajoy no levanta entusiasmo. El PP no necesita un presidente, necesita un líder”. ¿Se le habrá ocurrido a él solito o se habrá limitado a transmitir fielmente las órdenes de su amo insufrible, el que mece la cuna de Génova 13?

Desde el frente judicial tampoco venían buenas noticias para mejorar su semblante. A media mañana se sabía que el Tribunal Constitucional rechazaba el recurso del PP contra la reforma de su Ley Orgánica mediante la cual la actual presidenta podía continuar en su cargo. Se vienen abajo así las esperanzas de la derecha de ganar en los tribunales los dos grandes asuntos que había perdido en el Parlamento: la presunta inconstitucionalidad del Estatuto de Cataluña y la ley de matrimonios entre homosexuales. Dos banderas a las que se había abrazado la derechona como borracho a una farola. Y ahora van y les apagan la luz.

Así que con ese dies horribilis no os extrañe que Rajoy no tenga humor para mirarle a la cara a su adversaria. Aunque no sé si vosotros también lo habéis observado, pero estos días parece como si la cara de Mariano se hubiese vuelto translúcida, como de cera, para que todos podamos hurgar dentro de su profundo desamparo. O a lo mejor es que me estoy convirtiendo en un blando.