18 Abr 2008

Contra los trasvases, procesiones

00:51, por manolosaco  
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El poder desgasta sobre todo a quien no lo tiene porque le sume en un incontrolable estado de ansiedad. No tanto porque lejos del poder su firma sea inservible para recalificar un terreno rústico en urbanizable, un pelotazo que podría ser un bálsamo para mitigar su padecimiento, sino por el papel antipático al que le relega el hecho de pertenecer a la maldita oposición.

Para gobernar vale cualquiera, como bien saben los norteamericanos. El mérito, de verdad, lo tienen los políticos de la oposición, porque, salvo excepciones románticas, como el caso de IU, sus simpatizantes les votan para que gobiernen, no para que ingresen directamente en la oposición.

Un papel, como digo, profundamente antipático porque cada éxito del gobierno significa su fracaso. Dicho de otro modo, la oposición se siente obligada, si no quiere que le llamen maricomplejines y epítetos más terribles, a que el país vaya mal; cuanto peor, mejor, pero no por maldad intrínseca (¡por dios! muchos de sus miembros pertenecen a sectas cristianas que predican el amor y la bondad) sino porque el mérito de la oposición y el valor de su gestión, por decirlo de alguna manera, van a ser medidos por lo mal que le vaya al pueblo ingrato que no quiso votarle mayoritariamente.

Si la economía va bien, si el paro desciende, la oposición calla. Por eso, aún en tiempos de bonanza, por más que a esa buena gente lo que le pide el cuerpo es celebrarlo alegremente con todos nosotros, por exigencias del guión debe hacer acopio de las más fúnebres predicciones apocalípticas y sembrar la zozobra entre los ciudadanos. No hay que tomárselo a mal, porque ese es su oficio, de la misma manera que dios creó la maldad para que exista el concepto de bondad. En ese ingrato papel que les ha tocado representar, sólo tienen que esperar a recoger la cosecha, que se invierta el ciclo económico, y puedan así recordarnos: “¡Si ya lo decíamos nosotros!”

Ocurre ahora con el agua, que ha pasado a ser un ingrediente imprescindible en la cocina de la alta política española para la próxima temporada primavera/verano, con la que la derecha piensa atizar el fantasma de la desunión entre territorios. Es lo que toca, hasta que llueva a raudales.

Cierto es que, conocidas sus influencias en el Cielo, podría rezar con todas sus fuerzas (que no son pocas) para que una lluvia mansa y persistente regara nuestros campos y ciudades hasta llenar los embalses. Esa sí que sería un agua bendita. Pero muy a su pesar, para que las cosas guarden un orden en el universo, se ha visto en la penosa obligación de advertir a su sección episcopal que ni se le pase por la imaginación la idea de sacar al santo en rogativa, como se hacía en otros tiempos. Sólo así, con esta especie de huelga de santos caídos, se explica esta desidia, esta dejadez de sus tres dioses para con sus sedientas criaturas.

07 Abr 2008

El trasvase del agua bendita

01:01, por manolosaco  
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Cada época de la historia tiene sus esperanzas y sus terrores. Cuando yo era pequeño los mayores me aterrorizaban, sobre todo, con un dios eternamente enojado al que no conocía ni de vista pero que parecía tener alguna cuenta pendiente conmigo. Bien es cierto que este terror atraviesa el tiempo y el espacio desde el alba de la humanidad, pero en España estaba especialmente aclimatado al terreno.

El segundo terror era un malthusianismo latente (los alimentos crecen en progresión aritmética, mientras que la población lo hace en progresión geométrica), muy preocupante en un país de racionamiento que salía de una guerra que había liquidado la industria y asolado el campo. Y como el único placer gratis en el hogar producía hijos como efecto secundario, yo aquí llegué a imaginarme a una España caníbal, comiéndonos los unos a los otros, en la búsqueda desesperada de proteínas.

El tercer terror lo alimentaban las predicciones catastrofistas del inminente agotamiento del petróleo. En esa mi niñez, el año 2000 era un horizonte lejano contra el que se estrellaban todas las predicciones, las buenas y las catastrofistas. Creo recordar que, en las profecías más optimistas, para el año 2000 los pozos de petróleo llevaban varios años agotados, y el planeta vivía y trabajaba a media luz.

Mi padre nunca se preocupó por el agua. La mineral era un raro capricho de gente delicada de estómago, un despilfarro estúpido eso de pagar por algo que tenías gratis. Y la de la lluvia, abundante en mi Ourense natal, la enviaba dios para solaz de buenos y malos. El dios que intentó inculcarme, con escaso éxito, tenía previstas las más refinadas torturas para cuando me llamara a su seno, pero entre ellas no constaba la sequía. La pertinaz sequía del régimen era más un invento político para justificar la escasez de alimentos que real. Era tan fácil hacer llover, que cualquier párroco, con un estudio atento del cálculo de probabilidades en combinación con el hombre del tiempo, lo lograba sacando el santo en procesión.

Lo que son las cosas, yo previendo una España caníbal y sin gasolina, cuando en realidad en 2008 estamos a punto de matarnos por el agua, aquella agua que mi inocente padre creía que la enviaba dios.