El papel muy higiénico del libro blanco de Zetapé
Los partidos suelen ser más divertidos cuando escuchas los comentarios de algunos espectadores que cuando te fijas exclusivamente en las piruetas de los jugadores. El lunes, Manuel Fraga, el homo antecessor del Partido Popular, actuaba de hooligan de Rajoy, y su aportación al debate al día siguiente, además de un acto antidemocrático en línea con el nivel de grosería de sus hijitos de partido, demostraba que la batalla política suele ser un diálogo de sordos. Al senador durmiente del PP le pareció juego sucio que Zapatero aportara en su duelo con Rajoy un “librito blanco de las narices; me gustaría tener una copia para utilizarlo como papel higiénico”.
Me acordé inmediatamente de las lecturas que entraban en mi casa, una casa de derechas de toda la larga vida de mi padre, en mi niñez. Creo que ya os conté una vez el nivel de adoctrinamiento que se respiraba en el hogar que me vio nacer. La prensa periódica que entraba en casa era el ABC, El Mensajero del Corazón de Jesús y el Selecciones del Reader’s Digest.
El uno era el órgano de la derecha monárquica española, el segundo traía noticias del Cielo, y el tercero era el panfleto que servía para propagar por el mundo el way of life, el modo de vida, norteamericano.
Tan doctas lecturas entraban en casa por la puerta grande para adoctrinar nuestras almitas, pero salían… ¡ay cómo salían! Por eso me acordé de lo que Fraga haría con el “librito blanco de las narices”. Porque cuando yo era niño, y más aún Fraga, no existía el papel higiénico, o al menos en mi familia no se podía comprar. Ya que lo del ABC era para cagarse -digo yo que pensaría mi padre-, ¿qué mejor que utilizarlo de papel higiénico una vez cumplida su función intoxicadora?
Así que se cortaba en tiras todo el periódico y se pinchaba en un gancho dispensador para el último y más íntimo disfrute de la familia. Las páginas más disputadas por su suavidad eran las de huecograbado, aquellas por las que desfilaba lo más escogido de la vida social del franquismo. ¡Cuantas veces rocé las tersas mejillas de doña Carmen Polo de Franco!
Tampoco estaba mal limpiarse con la imagen de la estatua de la libertad o del Empire State o de la bandera americana. Nuestro esfuerzo se veía compensado así con un toque cosmopolita.
El Mensajero del Corazón de Jesús, en cambio, jamás desempeñó otro papel higiénico que el de limpiar nuestras almas. Nunca se utilizó. Mi padre, sin duda, era mucho más listo que Fraga.
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Meditación para hoy:
Los creyentes suelen asombrarse de que los ateos vivamos tan pendientes de las noticias sobre el infierno. A mí, concretamente, el infierno me importa mucho porque es ese lugar a donde van a ir a parar mis amigos católicos, por tercos. Nos pasa lo mismo con los asuntos de la Conferencia Episcopal, la única asociación católica que elige democráticamente a su jefe, pues sabido es que la elección de Papa es cosa exclusiva del Paráclito travestido en paloma, que va soplando al oído a los cardenales electores, mero instrumento divino, el nombre del preferido de dios padre. Esa es pura dictadura (que gobierna al dictado) del extravagante dios uno y trino.
Parafraseando a Gaspar Llamazares, para el gobierno colegiado de los obispos ganó la candidatura de Rouco Varela, el preferido del paráclito Rajoy, travestido de Aznar, en la única elección democrática que va a poder ganar la derecha en una buena temporada.
Ganó la sección episcopal del obispero del Partido Popular, a la que, siguiendo las mañas de los islamistas radicales, le gustaría convertir los diez mandamientos, más los cinco de propina de la Iglesia, en materia del Código civil.
Rouco hizo campaña contra la asignatura de Educación para la Ciudadanía, contra el matrimonio entre homosexuales, contra el divorcio, e inspiró al Papa aquel célebre e inusitado párrafo sobre el estatuto de Cataluña y la unidad de España.
Es el nuevo líder de la extrema derecha eclesial española, amigo personal del farsante de Roma, y no le importa que sus iglesias estén vacías, porque su liderazgo está avalado por dios y los Presupuestos Generales del Estado. Y no precisamente por ese orden.
