Escena bucólica del ingenioso oficio de la jardinería
Desde que nos hemos hecho jardineros, todas las mañanas, nada más abrir los ojos, nos acercamos expectantes a la parcela de la economía para ver cómo van los brotes verdes, si crecen sanos o no, si necesitan riego o un poco más de fertilizante de las medidas oficiales.
Lo malo de los brotes, cuando apenas afloran del suelo, es que no sabes si lo que viene son tomates o malas hierbas, si estás regando un futuro prometedor o fertilizando una plaga de la que luego tendrás que arrepentirte.
¡Hum! Esto parece un aumento de la venta de automóviles, va murmurando el jardinero ZP.
¡Hum! Vamos a ver qué ocurre cuando al gobierno se le acabe el abono, replica el envidiosillo vecino de parcela, un tal PP, estirando el cuello por encima de la valla.
¡Hum! Yo diría que 55.000 parados menos en junio auguran una buena cosecha de empleo, insiste el jardinero ZP.
¡Hum! Yo creo que son brotes de empleo estacional, de camareros y esa clase de forraje para el turismo, cavila el vecino, el dueño de la parcela sembrada de brotes de cizaña y corrupción, de la que espera una espléndida cosecha.
¡Hum! Esta hierbecita parece una mejora del índice de confianza del consumidor, continúa, ilusionado, ZP.
¡Hum! Me parece que lo que está cultivando el vecino son plantas de marihuana para fumársela en los consejos de ministros. Ahora entiendo las risas que se echan a la salida, cada semana, razona el jardinero Güemes, el empleado del vecino insufrible.
¡Hum! Estas briznas que suben tan tiesas creo que son las bolsas de valores, que parece que tienen riego automático, insiste el jardinero jefe.
¡Hum! Habrá que fumigarlo por la noche con herbicida, no vaya a ser que la cosecha siga adelante. Tengo que hablar con Mariano para que prepare veneno suficiente…
(Mientras la cámara se aleja de la escena, como música de fondo se oye La Regadera, el cuplé de Olga Ramos:
“Tengo un jardín en mi casa
que es la mar de rebonito,
no tengo quien me lo riegue
y lo tengo muy sequito…”)
