24 Dic 2007

La acumulación de basura como método de negociación

01:08, por Manolo Saco  

Dice el manual de buen revolucionario que “cuanto peor, mejor”. Las revoluciones parten de situaciones de injusticia, y es bien sabido que si un millonario se hace revolucionario, como Bin Laden, es porque tiene una enfermedad mental (quizá una inflamación religiosa). De hecho, todas las navidades, hacia el día de la lotería, me asaltan unas enormes ganas de ser rico para dejar de ser rojo para siempre, lo cual me acarrearía, sin duda, incontables problemas de conciencia que me vería obligado a tratar allá por las Seychelles, con una cura de baños y masajes antiestrés a cargo de una hermosa nativa.

Cierto es que los motivos catastróficos para erigirse en líder revolucionario, como bien demuestra la historia de la mayor parte de los golpistas, pueden inventarse para que los ciudadanos saludemos la llegada de los salvapatrias. El catastrofista Partido Popular, rey del “cuanto peor, mejor”, lleva intentándolo cuatro años.

El mismo método es aplicado por todos los huelguistas que deseen asegurarse el triunfo: cuanto mayor sea la implicación de la ciudadanía en su problema particular, cuanto mayor sea el caos inducido, mayores probabilidades de éxito. Los trabajadores de aviación, autobuses o ferrocarriles, en huelga en fechas que puedan incomodar al mayor número de usuarios, conocen bien los efectos del caos generalizado para el éxito de su negociación.

En Madrid, por ejemplo, llevamos una semana soportando una huelga de trabajadores de limpieza de Metro. Por si me está leyendo algún marciano, le diré que Madrid es ese paraíso de las cacas de perro en las aceras, de las bolsas de plástico volanderas y colillas sembradas por la calzada. La falta de educación de buena parte de sus habitantes es un magnífico aliado de cualquier huelguista de los servicios de limpieza.

Y si en unos casos el éxito viene dado por el caos inducido entre los viajeros, en éste el efecto psicológico lo consiguen los trabajadores ayudando a extender la basura natural, volcando papeleras, troceando en miles de cachitos todo papel que se ponga por delante, en ese efecto conocido de molinillo para extender la mierda, para que la incomodidad de todos les ayude a mejor negociar.

Lo suyo se arreglará, sin duda, un día de estos. Lo del PP, en cambio, me temo que va para largo, aunque estoy dispuesto a soportar su actitud y su basura durante cuatro años más, si eso les hace felices.

 

21 Dic 2007

Un azote, un cachete, una paliza, una tortura

00:13, por Manolo Saco  

Las confesiones religiosas se amparan en el derecho de los padres a dar la educación a sus hijos que mejor consideren según sus creencias y costumbres. Es la base para oponerse, por ejemplo, a la asignatura de Educación para la Ciudadanía o para perpetuar la mutilación de las niñas, con la ablación del clítoris. Gracias a esa regla, los hijos pueden padecer tortura mental continuada, un maltrato psicológico cruel disfrazado de educación religiosa, por el puro capricho de sus padres que creen firmemente en castigos eternos, en demonios, ángeles y arcángeles,  y pecados mortales. A veces se creen en el derecho de jugar con la vida de sus vástagos con su oposición a una transfusión de sangre salvadora, como en el caso de los Testigos de Jehová.

El mismo mecanismo ha servido históricamente para la utilización de otra tortura, el maltrato físico, que a veces tomaba la forma de una abierta paliza. Y todos lo hacen, cómo no, con el noble propósito de “enderezar” el carácter y el destino de sus muy queridos hijos.

Ahora bien, si preguntáis a los partidarios de la violencia cuál es la dosis adecuada a emplear contra los educandos, inmediatamente comprobaréis que cada uno tiene su receta particular. Y encontramos desde partidarios de la paliza (seguramente un ensayo general con todo para futuros reos de violencia machista) hasta los que ven con buenos ojos el cachete, el capón, el azote, la colleja, más para multiplicar el efecto de una regañina que como un intento de ejercer violencia física.

Yo pertenezco a la generación de receptores de cachetes y azotes varios, pero a mi hijo jamás le he tocado un pelo. Ni yo estoy traumatizado por las collejas paternas (mi madre sólo hacía volar las zapatillas, con una pésima puntería) ni creo que él esté mejor educado que yo. Pero aplaudo la decisión del Congreso, con la oposición del PP, por supuesto (a la derecha le encanta salvar a la humanidad a hostia limpia), de “ilegalizar” el cachete, no tanto por su gravedad intrínseca, sino porque las discrepancias en la dosis, la arbitrariedad en la administración de la medicina, son tan enormes que a veces tan sólo los servicios de urgencia de los hospitales son capaces de distinguir entre educación y maltrato.

Y porque mal vamos si la autoridad te viene dada por tu capacidad de ejercer la violencia.

 

20 Dic 2007

Diez millones de fieles tacaños y de misa semanal

02:08, por Manolo Saco  

La Iglesia española acaba de publicar unas estadísticas que tan sólo desde la fe ciega y devota se pueden creer. Dicen ahora sus monseñores que en España acuden a misa semanal 10 millones de fieles, es decir, la cuarta parte de la población. Esa misma Iglesia, perseguida y acosada por sus enemigos, según monseñor Cañizares, tiene sus locales a rebosar los domingos y fiestas de guardar. Ver para creer.

Aseguran que el 90% de los españoles os declaráis católicos, aunque en las encuestas la Iglesia española sea señalada como una de las instituciones peor valoradas. Inexplicable. ¿Vais a misa todas las semanas y a la salida ponéis a parir al cura?

Diez millones de clientes es una cifra que para sí quisieran, por ejemplo, algunas compañías de telefonía móvil, y eso que estas empresas sólo te ponen en contacto con los familiares y amigos. Nada que ver con los contactos que dicen que te proporciona una buena eucaristía.

Lo asombroso de todo ello es que, con ser la Iglesia la empresa con mayor número de clientes potenciales (el 90% de la población está bautizada y ha tenido una formación religiosa), con ser la mayor potencia inmobiliaria de España entre colegios, universidades, iglesias, conventos, pisos recibidos en donación y empresas varias, tiene que ser sufragada por el estado a través del 0,7% del IRPF. O es una empresa de manirrotos que se lo gastan todo en sotanas de seda y vino de misa, o sus adeptos son más agarrados que un chotis.

Y digo yo, diez millones de fieles semanales, a un euro en el cepillo, saldrían a diez millones de euros cada semana, ¡520 millones de euros al año! que, redondeando con las extras de festivos muy señalados como la Navidad, alcanzarían los cien mil millones de pesetas sin problemas. Una factura del móvil puede ser de unos 60 euros mensuales, mientras que, en este caso, por hablar con dios, nada menos, se te quedaría en cuatro ridículos euros al mes.

En la empresa privada, un gestor tan inútil llevaría ya mucho tiempo en la calle. Pero aquí le mantenemos el contrato mediante un Concordato de por vida. Somos así de raros.

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Meditación para hoy: Cuando un espejo se mira al espejo, ¿qué ve?

 

19 Dic 2007

No sabe usted con quién está hablando, señor mío

01:02, por Manolo Saco  

Cuando malgobernaba el franquito debía de ser una gozada tener algo de mando en plaza en este país. Ser juez, obispo, policía, gobernador civil o su chófer o su amante. Un sueño. Eso sí que era mandar, porque el poder sólo es verdadero poder cuando se ejerce sin medida ni freno, cuando es absolutamente arbitrario, tal como sucede en las dictaduras.

En democracia, en cambio, el poder es una droga adulterada que apenas tiene efectos en quien la consume o cuando se utiliza simplemente para llevar un sueldo a casa a fin de mes, excepto para los muy enfermos de necesidad, para los desahuciados que no resisten el mono de despacho oficial ni un fin de semana. Para ellos es droga dura.

Leyendo el incidente del magistrado conservador, Roberto García-Calvo, amamantado en las esencias más puras y cristianas del franquismo, ese incidente que pudo ser un accidente muy grave, en el que se encaró a un conductor amenazándole con una modalidad del viejo “no sabe usted con quien está hablando”, me acordé de que se me pasó el arroz de la dictadura sin tener ocasión de amenazar a alguien con esa arma dialéctica, con el placer instantáneo que debe proporcionar: “Mañana sale usted en los papeles, a cinco columnas, pedazo de mamarracho”. Por eso, oírle ese mensaje tan típicamente franquista en 2007, en alguien que todavía guarda intacto ese sentido del poder sin freno, debió de sonar en medio del paisaje a película de “Cuéntame cómo pasó” en versión caspa dura.

Bueno, según el chaval con el que mantuvo la reyerta de tráfico, el magistrado le amenazó con el acertijo y algo más, presuntamente con una pistola que llevaba en el maletero, si bien el señor juez lo niega.

En el año setenta yo viví una historia parecida y también por un problema de tráfico. Se ve que no hay nada que excite más a un facha que esa prolongación del falo que es el automóvil. Había visto un hueco de aparcamiento, una joya en el centro de Madrid, y cuando ya tenía medio coche enfilado hacia el bordillo, se me asoma por la ventanilla un señor de bigote pitillo, ese inconfundible bigote falangista del sindicato vertical, para comunicarme con voz recia que aquel hueco lo había visto él antes, y que ya me estaba largando de allí si no quería llevarme una mano de hostias. Y para apoyar el argumento, me contaba que una hija suya, parada allí tímidamente en la acera, estaba guardando el disputado sitio mientras él llegaba.

Si hubiera tenido reflejos le hubiera dicho que aquello era explotación infantil, penada por la ley. Pero para mí fue como ser taxista y escuchar a mi espalda “rápido, siga a ese coche”, como en las viejas películas. Salté como un resorte. Al igual que el taxista, más de veinte años esperando que algún soplapollas de las llamadas fuerzas vivas me dijera, oiga usted, que no sabía con quién me estaba jugando los cuartos. Y de pronto se me aparecía en todo su esplendor. “Pues, si le digo la verdad, no tengo ni puta idea”.

Una chulería, diréis, sin importancia en una sociedad democrática. Pero en aquellos años de podredumbre, donde el que tenía poder lo ejercía sin miramientos, cuando te podía asaltar un García-Calvo emboscado entre los coches, creo recordar que estuve un mes acojonado esperando la llamada de la policía a cualquier hora de la madrugada.

Lo triste de este caso que nos ocupa es que muy probablemente el joven del incidente ni se dio cuenta de quién era el pavo real que tan misteriosamente le amenazaba. ¡Qué pena! ¡Qué gustazo nos hubiéramos dado cualquiera de nosotros!

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Meditación para hoy: Se ha vuelto a abortar la ampliación de la ley del aborto. A Zapatero le han leído la cartilla ayer por la mañana los responsables del programa electoral de su partido con la consigna de que hay que conquistar el centro. Se pasarán, si ganan, otros cuatro años “debatiendo”. El presidente aprovechó la jornada (se daba una copa de confraternización en la Moncloa con los periodistas, a la que estaba invitado) para regañar a los periodistas que, como yo, le acusan de estar preparando las maletas para mudarse al centro. Menos mal que no fui. Con lo tímido que soy.

 

18 Dic 2007

De alguna manera tendré que votarle

00:59, por Manolo Saco  

El otro día recordaba que el PSOE, en su viaje al centro (las elecciones son como la Navidad, todo el mundo se empeña en ir a comprar al centro, con lo incómodas que son las aglomeraciones, las aceras llenas de trileros y vendedores de mercancías falsas), había abandonado sine die dos promesas sustanciales de su programa electoral: la puesta al día de una ley del aborto que hace aguas por las costuras, y una ley de eutanasia, o al menos, un debate interno como trabajo previo para la siguiente legislatura, es decir, la que se avecina.

Se suponía que una “ley de plazos”, aprobada ya en la legislatura que agoniza, hubiera permitido abortar libremente entre las 12 ó 14 semanas, una ley que además debería reforzar la información y la prevención de los embarazos no deseados.

La ley de plazos, como existe en países de nuestro entorno, acabaría con situaciones de doble moral en las que hay que acudir a triquiñuelas para que los abortos tengan apariencia de legales. De entre los tres supuestos -riesgo para la salud física o psíquica de la madre, malformaciones graves, y como consecuencia de un delito de violación-, el primero de ellos es un cajón de sastre (cajón desastre, le llama un amigo mío) que se presta a ser utilizado como sustituto de esa ley de plazos inexistente.

Precisamente ayer continuaban las detenciones de médicos y personal de las clínicas abortistas denunciadas últimamente, acusados de utilizar sus dictámenes psiquiátricos para justificar falsos “riesgos para la salud psíquica de la madre”.

Y ayer, también, la Secretaria Política de Igualdad del PSOE, Maribel Montaña, planteaba a la ejecutiva la promesa incumplida, promesa a la que muchas mujeres del partido no están dispuestas a renunciar.

De tal manera que Zapatero, en tono bajito para que no le oyese la derecha conservadora y cristiana de su partido (Vázquez, Bono), se sacó del pecho la canción de Aute y cantó, a su pesar, que la dirección socialista “de alguna manera” tendría que abordar el abortado proyecto de ley en el programa electoral.

Si, además, con una buena ley de eutanasia me dejaran morir cuando me niniese en gana a mí y no al dios de Vázquez, de alguna manera tendré que votarles.

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Meditación para hoy: En mi columna de 20Minutos de hoy me aventuro a vaticinar el número del gordo de Navidad. Comienzo diciendo que comunico a todos mis lectores que el número del gordo de Navidad será el 56.211, el que llevo yo, sin ir más lejos.

Imaginad por un momento que de verdad sale este número el día 22. Para empezar, la policía tardaría unos minutos en plantarse en mi casa. Sin duda se desataría una inspección a cara de perro para investigar si todo fue una casualidad (en cualquier caso tengo las mismas posibilidades que los acertantes auténticos, esos que saldrán en el telediario agarrados a una botella de cava, que ellos llaman champán) o si en verdad existió un compadreo entre el director del sorteo, los secretarios de mesa, el señor de los bombos y los niños de San Ildefonso para provocar que saliera el 56.211, que casualmente llevaba yo en el bolsillo. Si el inspector jefe es votante del PP, pongamos por caso, asumiría como muy probable la teoría de una conspiración, después de haberse tragado la patraña que los conspiranoicos del 11-M le contaban día a día desde los medios de la extrema derecha. Aquello sí que era difícil. Una vez aclarado, muy a su pesar, que tan sólo la ley de la probabilidad había conspirado a mi favor, confirmaría en unas declaraciones exclusivas a 20Minutos y Público que en realidad se me había aparecido la Virgen días antes para soplarme al oído el número ganador. A ver quién era el chulo de ponerlo en duda. Radio Vaticana me tendría colapsado el teléfono pugnando por una entrevista. ¿Y cómo es ella? ¿Y cómo iba vestida? ¿Dijo algo sobre la conversión de Rusia? A partir de entonces, ya podéis imaginar que mi poder sobre las conciencias de las masas crédulas sería incalculable. Ni el santo súbito, con tantos idiomas como dominaba. Habría gente en procesión acosando mi portal para que les adivinara su miserable futuro. Y a la semana, hastiado de tanto olor de santidad, la traca final. La gloria. Reuniría a los representantes de todas las televisiones del orbe para comunicarles un mensaje trascendental. Les diría que, en otra aparición, la Virgen, vertiendo amargas lágrimas, me había alertado de que España iba camino de la perdición, que sólo se salvaría… (pausa teatral)… si el PP perdiese las próximas elecciones de marzo. ¿De verdad, virgencita mía? En verdad te digo, hijo, -porque me llamó hijo, a pesar de todo-, que sería una catástrofe.

No os riáis, porque tres pastorcitos, con mucha menos autoridad que yo, contaron en Fátima una trola más colosal, y ya véis la que se armó al cabo de los años.

Sabed, pues, que si me toca, España está salvada. De lo contrario, que es lo más probable, tendremos otra oportunidad de jugarnos el progreso de nuestro país en la lotería del Niño en enero. O en marzo, a más tardar. 

 

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