25 Oct 2006

Su éxito será nuestra desgracia

00:31, por manolosaco  
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A veinticuatro horas de que el Parlamento Europeo escenifique la soledad de la derecha en su oposición al proceso de paz en Esukadi (nueva versión ampliada: “todos los partidos políticos españoles, la Comisión Europea y los jefes de Estado y de Gobierno europeos, entre los que se encuentra el Papa… excepto el Partido Popular”) conocíamos la noticia de que un comando, posiblemente de ETA, robaba en Francia 350 pistolas y revólveres de una armería. Tardó un avemaría jesuspordiós en salir Acebes para decir, con rostro reconfortado, el consabido “ya lo decíamos nosotros”, para deslegitimar a continuación el inevitable acuerdo de esta tarde de los parlamentarios comunitarios en favor de las conversaciones de paz entre el gobierno español y la banda terrorista.
Los de ETA no han matado a nadie todavía, pero la sola noticia del robo le ha mudado la cara al chico. Le noté un brillo especial en esos sus ojos tan apagados últimamente, como si sus oraciones hubiesen sido atendidas por su dios rencoroso y vengativo al que tanto ama.
Lo que me lleva a una amarga reflexión: son tantos los vaticinios de esta extrema derecha sobre los desastres que se nos vienen encima, que su éxito será nuestra desgracia.
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(Meditación para hoy: Los populares y los socialistas andaluces sí se han puesto de acuerdo en su reforma del estatuto. Andalucía será una “realidad nacional”, en el preámbulo, pero encuadrada dentro de la “unidad indisoluble de la nación española”. Los que carecemos del gen nacionalista, y por tanto somos seres obtusos, contemplamos con asombro cómo se puede perder el tiempo durante días, semanas y meses alrededor de una mesa sólo para definir y negociar si un trozo del planeta es una mierda de nación, nacionalidad, realidad nacional, nacioncita, país o paisaje. ¿Cambia por ello en algo la vida de los andaluces? ¿No tiene guasa que para una vez que se ponen de acuerdo ambos partidos sea para una imbecilidad tan solemne?

24 Oct 2006

Del movimiento nacional al movimiento de vientre

00:30, por manolosaco  
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Hablábamos el otro día del tercer poder del estado, el judicial, y sus extrañas y divergentes sentencias, atendiendo a sus alineamientos políticos o religiosos, según sean las convicciones personales de cada juez. Pero el cuarto poder, o sea la prensa, cumple a rajatabla con el guión, y se posiciona también en trincheras diferentes, a veces de manera sutil y otras, descarada. Y más aun en tiempos de elecciones, donde tiene asignado un papel fundamental en la propagación de las diferentes doctrinas. Así es siempre y en todas las sociedades democráticas con libertad de prensa y de expresión.
En los años de la dictadura los periodistas lo teníamos mucho más fácil: estábamos siempre del lado de los buenos, y no había más que discutir, como diría Fraga Iribarne (uno de los buenos, precisamente). Cuentan del director de un diario gallego en los primeros años de posguerra que pasó toda una noche en vela, devorado por los nervios, esperando en el kiosco la llegada del primer número del periódico de la competencia. De ese nuevo y misterioso periódico no se sabía ni el formato. Le acompañaba un grupo de redactores en el difícil trago de enfrentarse a su primer competidor. Cuando la furgoneta llegó al kiosco con aquel primer número de sus angustias, tomó en sus manos un ejemplar, y, tras una breve mirada, dijo: “muchachos, ya podemos irnos a la cama, nuestro periódico sigue siendo el más grande para envolver”. Esa era la diferencia que podía inclinar las preferencias de los lectores hacia uno u otro periódico, el formato.
Aquel director era lo que se dice un periodista integral, consciente de la verdadera labor funcional del periodismo. Y más aun, de aquel periódico, modelo sábana inglesa, concebido para ser leído entre dos y para servir de envoltorio a todo un jamón serrano si fuera preciso. Porque, en la era de la comunicación, si las noticias de un diario matutino dejan de ser noticia por la tarde, pues ya son historia, no digo nada lo que son al día siguiente: apenas papel de envolver. Bueno, eso era antes, o lo sigue siendo solo en los países del tercer mundo, donde todo se recicla.
Ese es, pues, un dato inestimable para los historiadores y sociólogos: España pasó del Tercer al Primer mundo exactamente el día en que el pescadero, el carnicero, el recovero, el del carrito de las chucherías y el del puesto del mercadillo cambiaron el papel de periódico por el papel de estraza o la bolsa de plástico. Desde ese instante, para miles de españoles no tuvo ya sentido seguir comprando un diario (quizá por ello se explique que en España sigan vendiéndose el mismo número de ejemplares diarios que en tiempos de la República).
Otro acontecimiento de enorme importancia para la posteridad, que supuso el primer golpe mortal a la prensa, había ocurrido mucho antes, cuando apareciera en el mercado el primer papel higiénico -el Elefante, se llamaba- con dos caras bien definidas, una satinada, para pieles sensibles, y otra como la lija, con una capacidad tal de arrastre que acababa por sacarle brillo a la almorrana. Antes de aquel elefante abrasivo de color marrón no había nada más higiénico en los cuartos de baño españoles que el diario ABC. Y digo el ABC porque ese era el alimento espiritual cotidiano de mi padre en aquellos años de postguerra. Él lo devoraba, y el resto de la familia tiraba de la cadena.
Una vez leído, se hacían con él unas tiras anchas que se sujetaban a la pared con un pincho, a modo de calendario. Fueron, sin duda, los años más higiénicos del periódico monárquico. Las hojas más preciadas, las que primero desaparecían, eran las de huecograbado, más suaves, más amables. Los rezagados estreñidos de la familia debían conformarse con las páginas de deportes, las menos políticas, las de menor contenido de glorioso movimiento nacional al servicio del no menos glorioso movimiento de vientre.
Mi amigo Martínez Soler compara a diario en su blog la prensa militante, henchida de ardor guerrero, y se hace cruces con la desvergüenza con que dejan ver sus armas y el ideario de sus dueños. Pero lo cierto es que, visto con perspectiva histórica, lo de hoy no es nada comparado con lo de entonces: aquella otra prensa sí que era para cagarse, con perdón.
Bueno, toda, no. Las noticias del Imperio llegaban con el Selecciones del Reader’s Digest, pero era de un formato tan pequeño que solo servía para leer; es decir, para nada. También estaba el Mensajero del Corazón de Jesús, una revista mensual de una congregación religiosa a la que pertenecía mi padre, y que jamás se utilizaba para la higiene íntima en el cuarto de baño. El papel cumplía con todas las exigencias de grosor y finura, así que mi cabecita infantil jamás comprendió el porqué de ese indulto inexplicable.

23 Oct 2006

A veces soy tan generoso que me doy la razón

00:12, por manolosaco  
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En la campaña política para las elecciones catalanas he visto una imagen desconcertante: Anxo Quintana, líder del Bloque Nacionalista Galego, de izquierda, haciendo campaña en favor de Artur Mas, presidente de CiU, una coalición de partidos democristianos y liberales de derechas. Les vi abrazados, y me pareció, no ya el abrazo del oso (el oso es Mas, mucho más), sino el abrazo del cactus a un bebé.
Anxo Quintana es socio del PSOE en el gobierno de Galicia, nada menos que su vicepresidente, partido que es el principal adversario de CiU en las próximas elecciones. Digamos que, al menos, es una situación incómoda, lo que se llama “tener el corasón partío”. Y me lleva a darme la razón a mí mismo mismamente (a veces soy tan generoso que me doy la razón) cuando pienso que el nacionalismo es para sus practicantes como una religión que está por encima de cualquier otra causa, como un estadio superior de conocimiento. Unos nacionalismos matan (ETA, el fascismo) y otros hacen el ridículo (papeles de Salamanca, el catalán por puntos para los inmigrantes), pero sus defensores consideran esos efectos colaterales como menores comparados con la grandeza de la nación.
Tanto las religiones como los nacionalismos saben que lo importante es que el producto se consolide en el mercado, que ya veremos después quién vende más, quién se hace con un mayor número de clientes. Sin ir más lejos, ayer mismo (mismamente, también) el Papa Benedicto XVI enviaba un “cordial saludo” y deseos de “serenidad y paz” a los musulmanes que acaban de terminar el Ramadán. Artur Mas y Anxo Quintana, Benedicto XVI y los musulmanes. Eso se llama comunión de intereses, más que amor.
Así, llegados a este punto, me asaltan varias preguntas. ¿Por qué el Papa no nos manda nunca deseos de paz a los ateos, y sí a los practicantes de una religión “de muerte”? ¿Porque, quizá, no somos posibles consumidores? ¿Por qué un líder de izquierdas cree que el nacionalismo le une más a la derecha nacionalista que a otros partidos de izquierda? ¿Por qué Anxo Quintana no se come a besos con Carod Rovira o Joan Saura de la Izquierda Unida de Cataluña? ¿Qué tendrá el nacionalismo exacerbado que nos lleva a plantearnos preguntas tan absurdas?

21 Oct 2006

La ley no es la ley, sino su interpretación

00:58, por manolosaco  
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Lo malo de las leyes, por muy perfectas que sean, es que luego hay que interpretarlas. Las leyes y los reglamentos que fijan nuestros derechos y deberes acaban, en caso de conflicto, en manos de los jueces que pueden hacer las interpretaciones más peregrinas, dependiendo de su humor, creencias, convicciones políticas o manías.
Mi espíritu vocacionalmente ácrata ya se rebelaba desde la infancia contra el juez de los jueces. La propia figura de dios me parecía la personificación exacta de la falta de justicia: dictaba leyes estúpidas y caprichosas como, por ejemplo, que no comiésemos del fruto del árbol del bien y del mal o que no nos masturbáramos (¿por qué coño le molesta tanto que nos masturbemos?, ¿alguien lo sabe?); y a leyes estúpidas, penas disparatadas y desproporcionadas, entre las que se cuentan las plagas, el hambre, la enfermedad, la muerte, el purgatorio, el infierno. Y todo eso, viniendo del padre de todos los jueces.
Esa manera tan errática en el comportamiento del cuerpo judicial, donde el mismo delito puede tener tres (hasta cuatro, si incluimos al Tribunal Constitucional) interpretaciones radicalmente distintas, me lleva a pensar que la justicia no es una ciencia exacta. Los matemáticos están siempre de acuerdo en que la raíz cuadrada de treinta y cuatro mil doscientos, multiplicada por ciento cuarenta y dos, tiene un único resultado. Cuando los médicos te dicen que es cáncer, es más que probable que sea cáncer. Cuando los músicos leen una partitura, tocan todos en el mismo tono, porque un fa es siempre un fa, y nunca un do sostenido. Y los electricistas saben que si tocan con los dedos al mismo tiempo el polo positivo y el negativo del tendido eléctrico les espera un latigazo de no te menees. Dando por hecho que las leyes están concebidas por los hombres y que inevitablemente deben ser interpretadas por otros hombres, ¿cómo se puede llegar a resultados, no digo ya dispares, sino opuestos? ¿Cómo puede ser una ciencia tan poco exacta algo de lo que dependen nuestras vidas y fortunas?
Desde que la política ha contaminado parte de la judicatura, ya sólo hablamos de jueces conservadores o progresistas, y no de buenos o malos jueces. Los querellantes (como en el caso de los peritos del sainete del ácido bórico) maniobran con trucos de leguleyo para poner su causa en los juzgados “amigos”, en una especie de pre-juicio favorable, como un corredor ventajista que comienza la carrera en mitad del recorrido. El caso de los jueces Gemma Gallego y Baltasar Garzón me causa desasosiego, porque demuestra que las leyes no son las leyes, sino sus interpretaciones, algunas disparatadas, de las que hemos tenido varios ejemplos en este año.
El Consejo General del Joder Pudicial maneja un informe interno con el que se proponen poner remedio a que magistrados con patologías psíquicas puedan instruir sumarios y dictar sentencias. Calculan que de los aproximadamente 4.500 jueces españoles en activo, al menos 30 padecen un trastorno mental incapacitante para impartir justicia. O sea, que no están bien de la cabeza. Ah!, pero si caes en el juzgado de uno de ellos y te condena a 15 años de cárcel por robar una manzana, date por jodido, al menos hasta que otra instancia corrija el desvarío… si es que no das con otro de los 30 chalados y te caen 15 más, por protestar. Es como los goles metidos con la mano: si el juez árbitro lo estima así, aunque doce millones de personas comprueben en la moviola que fue mano, pues fue un gol válido, y no protestes porque encima te cae una tarjeta roja.
Ante esto me pregunto si el espectáculo bochornoso que está dando últimamente parte de la magistratura no tiene su origen en esta anomalía que detecta el Joder Pudicial. Aunque echando cuentas, la verdad, a bote pronto me salen más de 30 jueces…

20 Oct 2006

Trastornos de poder

00:26, por manolosaco  
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Recuerdo aquel mitin bochornoso en que el hombrecillo insufrible bromeaba con una militante sobre el tamaño y la calidad de sus partes pudendas (las de Aznar, no las de la pobre señora, aunque no sé si la señora era pobre, la verdad). Todos rieron a carcajadas la ocurrencia porque a la derecha testicular le encanta hacer chascarrillos sobre la mejor parte de su cerebro. El otro día, a una periodista de televisión que le hizo una pregunta comprometida, después de firmarle un ejemplar de su libro le devolvió el bolígrafo introduciéndoselo en el escote. La chica no entendió la gracia machista, yo tampoco, pero seguro que la tiene porque su cara de macho insufrible se le iluminó con esa sonrisa inteligente que sólo él sabe poner en los momentos trascendentales.
Yo tengo la teoría de que no es tan tonto como se empeña en hacernos creer, quizá para zafarse de sus responsabilidades. Creo, de verdad, que el peso de las obligaciones de Estado es tan inmenso que sólo puede ser soportado sin grandes desperfectos de ánimo por sujetos de mente equilibrada. El poder crea una falsa percepción del mundo, pues la realidad le llega filtrada, como una lente que rodea al sujeto, que poco a poco va engordando al tiempo que crece la deformación de la visión de la realidad. Mientras tienes el poder, todo va bien, pero cuando lo pierdes y sigues conservando la lente deformante como si nada hubiese cambiado, haces el ridículo.
Yo fui testigo cercano de este efecto deformante que os cuento. Tuve un compañero en televisión al que le dieron un programa en horario estelar. No os voy a dar el nombre, no insistáis. Unos días antes de su estreno en antena me dijo muy solemne: “Manuel, si ves que con el tiempo la fama se me sube a la cabeza, júrame que me lo dirás”. Se lo prometí. No se lo juré porque jurar es poner a dios por testigo, y como no existe, sería trampa por mi parte. Pasados varios programas, con el consiguiente aumento de su celebridad, se lo dije: “Se te está subiendo a la cabeza. Te lo estás creyendo”. Desde aquel día dejamos de ser amigos, la realidad no encajaba con su realidad transmitida a través de la lente que se había ido construyendo. A partir de entonces abrigo la sospecha de que la diferencia entre una persona normal y un idiota es la fama. Pero no me atrevo a asegurarlo categóricamente porque conozco infinidad de idiotas completamente desconocidos para el gran público. A mí, sin ir más lejos, no me conoce nadie.
Otra de las consecuencias de ver el mundo a través de esa lente deformante es que su comportamiento se vuelve errático, como le ha ocurrido al jefe del Estado israelí, Moshé Katzav, que está denunciado por una supuesta violación de su ex secretaria y por abusar de otras nueve mujeres. El macho ibérico diría que lo que le pasa a Katzav es que es “un picha brava”, como el señorito que creía tener derecho de cama sobre las criadas de la casa. Es algo natural, en la vida salvaje se llama “macho dominante”, y nadie puede ser más macho que un jefe de Estado.
Bueno, la versión del presidente ruso, Vladimir Putin, es mejor todavía. Un micrófono que debería estar apagado, recogió esta conversación con el primer ministro israelí Ehud Olmert: “Transmitan mis saludos a su presidente. ¡Vaya machote! ¡Violar a una decena de mujeres! No lo esperaba de él. Nos ha sorprendido a todos. Todos le tenemos envidia”. Vale, concedo que no era más que una gracia, pero da una medida cabal del sujeto. Quizá explique un poco mejor, como denuncian las organizaciones de derechos humanos, el estado deplorable en que se encuentran las libertades democráticas en su país.