18 Ago 2006

Mira que son abundantes

00:32, por Manolo Saco  

Un amigo mío tiene una casa antigua, rehabilitada, preciosa, muy cerca de la mía, a 10 kilómetros de la ciudad de Ourense, o sea, a 10 minutos del centro… a la que sólo va los fines de semana. Los que habitualmente vivimos en las grandes ciudades daríamos un brazo por tener nuestra vivienda a diez minutos del centro de Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, o Bilbao, con tres colmenas de abejas (es apicultor aficionado), un viñedo (hace mejor vino que Asunción), huerta, un corrá más surtido que el del Koala, con sus gallinitas ponedoras, un bosquecito de robles y una piscina sin mácula de pises, pues su hijo ya mea fuera desde hace casi treinta años.
Este amigo mío es abogado, y cuando le pregunto por qué no traslada su residencia permanente a esa casa tan maravillosa, me contesta que una profesión tan estresante como la suya es completamente incompatible con la tranquilidad del campo, que incluso los lunes, a su vuelta del fin de semana balsámico, los da por perdidos y los dedica a asuntos menores, por la imposibilidad de tomar impulso suficiente, de coger el tono vital y de mala leche tan necesarios, por lo visto, a los leguleyos. Que si viviera permanentemente en el paraíso perdería todos los casos.
Arsenio Escolar nos traía el otro día un pasaje del “Menosprecio de corte y alabanza de aldea” de Antonio de Guevara, escrito en el siglo XVI, donde el autor ensalzaba la vida sana y el mejor yantar de las gentes de campo. Era puro escapismo, lo sé, porque Arsenio, en su descanso veraniego, en su sopor intelectual, sin duda se hallaba bajo los efectos sedantes del estuario del Miño, intentado superar la tentación de, a su vuelta, nombrarme director a mí (sin ir más lejos) y tirarse a la Bartola, con permiso de su santa esposa, porque la dirección de un periódico es lo más parecido a un potro de tortura, y porque la Bartola está más buena que dios.
Ayer mismo leía en el diario El País una confesión de Rafael Azcona, el genial guionista de tantas películas de Berlanga, que venía a resumir lo que nos ocurre a Antonio de Guevara, a Arsenio y a mí: “Soy feliz todos los días hasta que leo la prensa”. Y no importa que en verano los periódicos sean más ligeros, más literarios y coñeros, como pidiendo perdón por lo de Líbano, las pateras y cayucos, los incendios y las inundaciones. No importa, porque los telediarios traicioneros toman el relevo y se encargan con mucha dedicación a amargarnos el resto del día.
Por ejemplo, acababa ayer de hacer una tarta de moras que no la mejoran ni las monjas reposteras de las Clarisas, cuando por la tele sale Zaplana, con ese color de capitán de yate y esa media sonrisa ingobernable que lo mismo le sirve para dar un pésame que para lanzar un piropo retrechero, intentando vengarse del “caso Prestige” con el invento de un “caso incendios forestales en Galicia”, de la misma manera que en su partido continúan buscando al etarra de la orquesta Mondragón para justificar las mentiras que nos contaron antes del 14 M. Doy por descontado que pocos son los que creen en su dramatización, pero lo que más me asombra, y sobre todo admiro, es que tras unos días de fiesta, baños solares, siesta de pijama, recuento de estrellas fugaces y paseos por el bosque, tenga fuerzas para presentarse en público y sostener necedades tales como que la web de la Nasa calcula que las hectáreas quemadas en Galicia son 175.000 y no las 77.000 que declara la Xunta.
Mira que son abundantes estos del Partido Popular: confunden las hectáreas con los manifestantes en contra del Estatut y acaban saliéndoles unas cuentas catastróficas. Porque en realidad la catástrofe es lo que pretenden contarnos desde que perdieron el poder. Y no nos perdonan ni en vacaciones. Y esto es un sinvivir.

17 Ago 2006

No hagáis nunca lo que nos están haciendo aquí

00:56, por Manolo Saco  

Quizás sean las vacaciones, pero hoy he tenido un momento de debilidad y me he puesto optimista, sin que sirva de precedente. En Líbano hay una tregua que se va respetando más o menos. En Galicia se han apagado todos los fuegos. Ha muerto Stroessner, uno de los dictadores sanguinarios que todavía andaban sueltos. Y llueve, llueve mansamente por estas tierras. Aunque he visto por televisión problemas de avenidas de agua por culpa de las tormentas en algunos lugares de España, por aquí llueve para el campo y no para Fenosa, distinción certera que utilizan los campesinos para definir la intensidad de la lluvia: la torrencial arrasa con la superficie cultivable… pero llena los pantanos que gestiona Fenosa.
Hace unos días, en la crudeza de la guerra entre israelíes y las milicias de Hezbolá, tropezaba yo con la página en que el judío Primo Levi (“Si esto es un hombre”) hacía una reflexión, desde el campo de concentración nazi donde estaba confinado, a las sociedades futuras, o sea, las de hoy: “Si desde el interior del campo algún mensaje hubiera podido dirigirse a los hombres libres, habría sido éste: no hagáis nunca lo que nos están haciendo aquí”. Al ver las imágenes de la población civil atacada en su huida, el daño gratuito de bombardear las vías de comunicación y centros vitales por parte de los descendientes de aquellos que sufrieron el odio irracional nazi, me lleva a pensar qué fina es la raya que separa las fronteras de la razón y la sinrazón, qué largo es el olvido, que decía el poeta (“Es tan corto el amor y tan largo el olvido”).
Por eso, bienvenida sea la tregua que quizá, en un descuido, podría ser aprovechada por los generales israelíes para leer a Primo Levi. A los pirómanos no pienso prestárselo, porque desde la Inquisición y el nazismo todos saben de la peligrosa facilidad de los libros para la combustión.
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(Meditación para hoy: Aquí en España, nuestro talibán favorito, el cardenal arzobispo de Toledo, Antonio Cañizares, no descansa. Si los musulmanes rezan aquello de “Alá es grande”, el talibán Cañizares acaba de recordarnos que “es importante que Dios sea grande entre nosotros, en la vida pública y en la vida privada”. Todos quieren a su dios cuanto más grande, mejor –¿pero no habíamos quedado en que el tamaño no importa?-. ¿Y cómo de grande lo quiere Cañizares? Pues como lo quieren todos los talibanes, ocupando el mayor espacio social: “En la vida pública es importante que Dios esté presente, por ejemplo, mediante la cruz en los edificios públicos”. Y con gente así es con la que nos tenemos que sentar para hablar sobre el futuro de la asignatura de religión en el próximo curso.)

16 Ago 2006

De Finlandia a Galicia

00:32, por Manolo Saco  

Pues sí. Parece que hay tregua en el terrorismo incendiario de mi tierra. Y, como os prometí, quisiera demorarme en algunas consideraciones sobre mi reciente viaje a Finlandia, un país que, como dice mi cuñada finlandesa, se parece tanto a Galicia, por sus bosques y su climatología lluviosa. Tanto se parece que también padece una sequía como no se recuerda en un siglo, hasta el punto de que se han prohibido las barbacoas en los bosques, una cultura tan arraigada en su población como entre nosotros la paella. En el sur, desde Helsinki al comienzo del círculo polar, pozos que parecían inagotables se están secando, y las frambuesas y los arándanos silvestres que tapizan los bosques alcanzan un tamaño raquítico por falta de lluvias. Invertimos toda una mañana de recolección para juntar ejemplares de suficiente tamaño para una tarta de frutillos del bosque más o menos apañada (el que quiera la receta, que me la pida: vale también para las moras que empiezan a estar ahora en sazón).
He hablado con los dueños de las cabañas de varias zonas de Finlandia, y todos coinciden en su angustia por el cambio climático, que en un país que vive sobre todo de la industria maderera y de los productos del campo puede alcanzar tintes trágicos. En la ciudad de Oulu, al norte, a las 4,30 de la tarde estábamos a 23 grados de temperatura, y en la primera ciudad del círculo polar, a las 7,30 de la tarde disfrutábamos, es un decir, de 22 grados, algo inconcebible en el mes de agosto por aquellos lares. Tengo la impresión de que he visto una falsa Finlandia, algo así como conocer Santiago de Compostela sin lluvia.
Continuando con las comparaciones, en mi casa de Ourense, a 12 kilómetros de la capital, no cuento con cobertura de teléfono móvil. En Finlandia es tal la cobertura telefónica que la batería de mi móvil se mantuvo en la carga máxima durante una semana (como sabéis, cuanto peor es la cobertura, más consumen los móviles en su intento de búsqueda de conexión). En uno de sus miles de lagos, nos agenciamos una barca y con ella nos trasladamos a una islita estratégicamente colocada en su centro. Contra toda lógica, había una señal telefónica potentísima. Y había unas percas maravillosas. Ocho de ellas tuvieron la delicadeza de picar en mi anzuelo. Por la noche nos hicimos una de las sopas de pescado tradicionales de Finlandia, cocinada por la madre de mi cuñada. Exquisita. La sopa. La madre de mi cuñada, también. (También tengo la receta, por si a alguien le interesa. Me refiero a la receta de la sopa. Yo ya la he repetido con cocochas de merluza y está igual de sabrosa).
Y como no podía ser menos en un país cuya segunda religión es la naturaleza (la primera es la luterana), existe un poderoso sentimiento ecologista inculcado desde la escuela que quizá serviría para un capítulo de nuestra futura asignatura de Educación para la ciudadanía, esa educación que la derecha religiosa española ve como una amenaza a la asignatura de religión. Vapordiós. Ni en las orillas de ríos y lagos, ni en los bosques, ni en las zonas de descanso de las carreteras se ve el rastro de una botella, una bolsa de plástico o una lata de cerveza. Para ello, y como ayuda institucional, en muchos envases va impresa la cantidad de 0,15 euros, a reintegrar cuando se retornen. En muchas cadenas de supermercados existen máquinas que, tras recoger los envases vacíos, devuelven el dinero.
Y ya que hablamos de religión, es digna de ver la diferencia entre una cultura católica y otra luterana. Los cementerios son un modelo de discreción, con lápidas sobrias, cuidadosamente alineadas, donde desconocen la existencia del boato ni la magnificencia de los grandes catafalcos y capillas funerarias de las familias ricas católicas que hacen ostentación estúpida de su riqueza hasta en las puertas del averno. Y si entráis en una iglesia (no sé, pero al entrar me pareció oír una voz sobrenatural ahí arriba que decía: ¿qué coño hace aquí el Manolito?) recibiréis una lección práctica sobre la filosofía de la reforma protestante en directo: desnuda de estatuas, vírgenes, santos, sin apenas ornamentos ni mármoles de Carrara, ni pan de oro tapizando paredes o retablos, y sí cientos de breviarios a la entrada para la participación coral en los rezos. Si dios existiese me haría luterano. Bueno, creo que él también sería luterano.
Es un país con escasos tramos de autopista, aunque de carreteras bien pavimentadas. No he visto un solo policía de tráfico en los mil quinientos kilómetros que me metí en el cuerpo. Pero sí la colección más completa de radares que vi en mi vida. En el entorno de las ciudades, en un radio aproximado de veinte kilómetros, existe un radar cada cinco kilómetros, y unas desesperantes limitaciones de velocidad de cien, ochenta y sesenta km/h., según la cercanía a algún grupo de casas, que ponen a prueba a diario el muy templado carácter finlandés. A la velocidad exacta, me sobrepasaron cinco coches en total: dos con matrícula alemana, y tres con matrícula rusa. A mi vuelta, en el viaje de Madrid a Ourense, me entretuve en contar cuántos coches podrían sobrepasarme a la velocidad “legal” de 130 km./h en autopista (cuento con el porcentaje de error de mi cuentakilómetros y la benevolencia del radar de Tráfico). Salvo alguno que se me haya despistado, aunque sí se nota una bajada media general en la velocidad de los vehículos, me adelantaron unos treinta coches en el trayecto de 500 kilómetros. Se ve que ninguno de sus ocupantes había viajado por Finlandia.
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(Meditación para hoy: Cuando esto os escribo, hace un rato terminó el partido de fútbol entre las selecciones de España e Islandia, con el resultado de empate a cero goles. España cuenta con una población de 40 millones. Islandia, con una población de 300.000. O los islandeses nacen con un balón bajo el brazo, o algo huele a podrido en el fútbol español. Digo yo, aunque confieso que de esto no entiendo un carajo. Un carallo, si se me permite.)

15 Ago 2006

A quién beneficia

01:20, por Manolo Saco  

El concepto militar de guerrilla es un invento genial: consiste en hacerse invisible, la sofisticación del concepto de tirar la piedra y esconder la mano, de manera que la verdadera arma consista en que no se sepa dónde está el enemigo. Es el problema de Israel con Hezbolá que los judíos solucionan por las bravas destruyendo cuanto se pone por delante, sean guerrilleros, sea población civil. Es como ir de caza bombardeando el monte para matar conejos y liebres: los matas, pero también al resto de la fauna y flora que lo habita.
Esa es la sensación que vivimos en Galicia con los incendios: no se sabe quién es el enemigo, no lleva uniforme, no tiene un color y una raza específicas, no pertenece a un partido político determinado. Uno de mis hermanos es el jefe de protección civil de Ourense, y cuando le pregunto quién es el enemigo, enarca las cejas y me contesta que el enemigo son tantos y con tantas motivaciones distintas que es muy difícil plantear la batalla. De ello ya habéis hablado estos días, y mucho se ha publicado. Es un cóctel complejo y explosivo de enfermos mentales, venganzas (personales y políticas) e intereses económicos (madereras, recalificaciones, o simplemente estratégicos, como se apunta en el caso del narcotráfico) que tan solo necesitan como arma apenas una cerilla.
Mis paisanos se debaten entre la estupefacción del que no comprende cómo se puede atacar un patrimonio de todos, poniendo en riesgo nuestras vidas y haciendas, y las explicaciones más peregrinas y sofisticadas, entre las que no falta la lucha política. Mientras en otras líneas de investigación el método del cui prodest, a quién beneficia el delito, lleva al resultado correcto con cierta facilidad, en el caso de los incendios es imposible encontrar un perfil definido del incendiario, de quién puede beneficiarse de tanta desolación.
Como sabéis, estos días se ha aventado la idea de que a quien “prodest” es también al partido político que perdió las últimas elecciones en Galicia, en una supuesta campaña de cuanto peor, mejor. Es una conversación en voz baja que ha prendido a la velocidad de los incendios por lo mentideros de pueblos, aldeas y parroquias, la teoría conspiratoria que funcionaría como la madre de todas las explicaciones. Aparte de una mezquindad que no me creo, sería una estupidez de connotaciones históricas, pues ni el fuego sería capaz de borrar las huellas de semejante delito. Es un caso sintomático, sin embargo, del sentimiento generalizado entre la población sobre el papel asumido por el Partido Popular en los últimos años, como sembrador de catástrofes como único medio de recuperar el poder. Creo que este estado de ánimo debería llevarles a una reflexión.
El juez que firmó la orden de registro del domicilio del pirómano/bombero de Celanova es uno de mis sobrinos, un hombre apasionado por la naturaleza y la vida al aire libre. Yo le preguntaba ayer por la tarde cómo consigue un juez la tranquilidad de ánimo suficiente para hacer conciliar la ley, ciega por principio, con el deseo de venganza ante un delito que provoca tanta alarma social, y me contestó con los dientes apretados que a ver cuándo nos vemos para que le enseñe las fotos del viaje a Finlandia. Deduje que la tranquilidad de ánimo la tengo que poner yo con las fotografías de aquellos bosques vírgenes, incólumes, preservados y adorados como un dios, pues el bosque es toda una religión para los finlandeses. Me explicaba también mi sobrino la dificultad para imputar el delito a los presuntos pirómanos, pues el crimen se puede cometer sin testigos, con efecto retardado (cuando el incendio se hace visible, el criminal puede estar tomando una cerveza con sus vecinos en el bar del pueblo) con la particularidad añadida de que el fuego es una de las mejores armas para borrar las huellas del delito.
En el paseo de la tarde de ayer me pareció constatar una calma tensa, como se dice en política. El ambiente huele a carbón pese a que desde mi casa apenas se ven columnas de humo en la distancia. Si hay tregua, mañana prometo contaros cosas interesantes de Finlandia, no como escapismo sino como un país del que aprender muchas cosas, entre otras, la gestión de los bosques.
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(Meditación para hoy: un amigo psiquiatra me hace ver que una motivación muy atractiva para los perturbados mentales pirómanos es la fascinación que les provoca el espectáculo grandioso del incendio. A veces la muerte adquiere una belleza extraña, como la tortura y agonía del toro en una plaza. Y no quiero mirar a nadie.)

14 Ago 2006

Ja sóc aquí, o sea, hola a todos de nuevo

00:26, por Manolo Saco  

Estoy aquí. Vengo de recorrer Finlandia en coche desde Helsinki hasta su última frontera atravesando Laponia, me he internado en Noruega, puse pie en el Cabo Norte, el extremo más septentrional de Europa, he dormido en cabañas en los bosques inabarcables de abetos, pinos y abedules, sin televisor, ni periódicos, ni, por supuesto, internet. He tenido que pegar tres o cuatro frenazos para no llevarme por delante a una familia de renos que atravesaban la carretera, he pescado ocho percas (palabrita del niño Jesús) en sus lagos, he recolectado arándanos extrañamente pequeños por culpa de la sequía (ya os contaré) y frambuesas silvestres. He dejado embotar mis sentidos con una sauna diaria. El paraíso.
Al llegar me he topado con la realidad: mi tierra natal, Galicia, ardía por los cuatro costados. Ayer el fuego se había acercado hasta cien metros de mi casa, en un pueblo de Ourense. Me han cambiado el horizonte de pinos y robles por un telón negro de rescoldos y tizones. Esta tarde, desde la galería se veía avanzar hacia mi casa una nube negra de la que llovían pequeñísimas pavesas que se posaban lentamente, acunadas por el viento, como un txirimiri. A estas horas, un resplandor de amanecer, como las auroras boreales del país de donde vengo, asoma tras una de las montañas que defienden (defendían) mi valle, con juegos de luz provocados por el baile del humo que zarandea el viento del oeste. Había venido a descansar del duro trabajo de turista. Tenía muchas cosas preparadas para compartir con vosotros, pero ni la rabia, ni la angustia de ver cómo se destruye el patrimonio de nuestros hijos me permiten la menor alegría.
Como soy de natural animoso, mañana os prometo mis primeras reflexiones viajeras.
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(Meditación para hoy: he pasado media mañana leyendo vuestros post. Tenía más de trescientos en total. Me ha dado mucha alegría comprobar que el blog goza de buena vida sin mí y, en muchos casos, espléndida de comentarios y puntos de vista muy interesantes. Gracias a todos por mantener viva la llama, si es pertinente en estos momentos hablar de llamas…)

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