24 Jun 2006

Moza que verbenea

01:12, por manolosaco  
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Os escribo al comienzo de la sofocante noche de san Juan, heredera de la celebración pagana en la que se celebraba el solsticio de verano en el hemisferio norte, un homenaje al sol en su día más largo, al que se le consagraban hogueras para que no perdiese vigor en su declive hacia el solsticio de invierno. Durante siglos fue, con los carnavales, la noche del desenfreno, noche de ayuntamientos carnales propiciados por el vino, el calor del fuego y la complicidad de la oscuridad. Era, además, una noche de brujería, pues se suponía que la verbena recogida a esas horas, antes de que llegase la aurora, tenía propiedades mágicas en infusión. Fue precisamente la cosecha de esta planta, de pequeñas flores multicolores, la que dio nombre a la verbena que hoy mejor conocemos, la fiesta nocturna en honor al santo patrón, con bailongo incluido.
Con la disculpa de ir a recolectar la planta mágica, mozos y mozas se separaban disimuladamente de la hoguera y se perdían en la oscuridad bajo el manto cómplice de las estrellas. De esta costumbre nació uno de los proverbios castellanos que más me gustan: “Moza que verbenea, marcea”. Es decir, nueve meses después (el período exacto de gestación) llega marzo, mes en el que era probable que naciese el fruto del amor disipado de la noche de san Juan. A la llegada del alba, en muchos lugares de la cristiandad las charangas y bandas locales desfilaban dando la tabarra a los pocos vecinos que hubiesen conseguido conciliar el sueño, tocando y cantando “alboradas”, sobre todo las famosas “mañanitas de san Juan”, hasta quedar todo el rebaño cristianamente recogido en el fin de fiesta de la misa.
Fue un empeño más de la Iglesia católica por acomodar las costumbres paganas a sus ritos y dogmas, tal como había hecho desde el principio del cristianismo (la existencia de una virgen, madre de un dios, el nacimiento del dios-hombre en un pesebre en el antiguo Egipto, etc.) bajo la inteligente lógica de que si no puedes vencer al enemigo, súmate a él. Si el pueblo no estaba dispuesto a abandonar sus costumbres paganas, había que cristianizarlas, de la misma manera que mejor era cristianizar sus templos que derribarlos. Iglesias y catedrales están así edificadas sobre los basamentos de antiguas mezquitas y lugares de culto paganos. De esta manera, mudar de objeto de adoración resultaba menos traumático para los conversos, a los que poco importaba si su holganza y ayuntamiento carnal tenía lugar bajo las estrellas en la fiesta del sol pagano o en la del santo evangelista.
Esta estrategia reportó ingentes beneficios a la Iglesia durante siglos, hasta que su alianza con el poder hizo innecesaria la táctica de seducción para pasar a imponerse groseramente, apoyada en su brazo armado, la espada del rey o dictador al que servía. Como dicen en mi pueblo, con buena picha bien se jode. La Iglesia moderna según va perdiendo los privilegios y el apoyo de quienes ostentan el poder, en lugar de echar mano del viejo truco de la cristianización de las costumbres paganas, se deja atrapar por un ataque de pánico cuyos síntomas más claros son la bronca continua a las ovejas descarriadas y el anatema de lo que consideran sus costumbres disolutas: lejos de acomodarse a la clientela, como tan sabiamente habían hecho sus antepasados en momentos de penuria, la asustan y la agreden a diario con su moralina inmoral, calificándonos de asesinos abortistas, en connivencia con matrimonios espurios de mariquitas y lesbianas, de costumbres disolutas, que hemos hecho del laicismo un dios pagano, dinamitadores de la unidad de España (¡Paña!)…
Los obispos españoles andan últimamente en estas cábalas, reunidos en plenario para el estudio de la situación “religiosa, social, cultural y política de España en este momento de nuestra historia”, según palabras de su portavoz. Reunión de pastores, oveja muerta, ya se sabe. Creo que entre hoy y mañana anunciarán sus conclusiones, pero esto tiene toda la pinta de que nos van a llamar de todo menos bonitos.
A mí no me importa porque sé que dios no existe. Pero me temo que a alguno de vosotros se os va a atragantar el veraneo.

23 Jun 2006

Lo peor que le puede ocurrir a un paranoico

01:38, por manolosaco  
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Lo peor que le puede ocurrir a un paranoico es que le persigan de verdad, parece que dijo un día Freud o una prima suya. Ayer leía en la última página de El País que el grupo Popular en el Congreso de los diputados y diputadas exige la anulación de las cámaras de vigilancia de los pasillos del edificio, que curiosamente están allí colocadas obedeciendo a un plan de seguridad diseñado por Ángel Acebes cuando era ministro del Interior.
Y estoy de acuerdo con los diputados y diputadas populares. Yo no me fiaría en absoluto de ninguna medida de seguridad ideada por un ministro del Interior que hizo oídos sordos a los informes policiales que avisaban de posibles atentados islamistas antes del 11-M. Si un incompetente de ese calibre llegó a pensar que con medidas de videovigilancia las vidas de sus señorías y señoríos estaban mejor custodiadas, es evidente que no era una buena idea, debieron de concluir sus correligionarios.
Los adalides de la transparencia, los que exigen a gritos que el gobierno cuente con pelos y señales el día a día de las negociaciones previas a las negociaciones previas con ETA, quieren hurtar a las miradas de los policías del servicio de vigilancia sus idas y venidas por los pasillos, temerosos quizá de ser protagonistas, sin su permiso, del rodaje de una comedia de enredo de gente que curiosea por las mirillas, o que corretea de un despacho a otro en paños menores.
En su línea de “desobediencia civil”, los populares han cubierto con bolsas de papel los objetivos de las cámaras, haciendo oídos sordos a las llamadas a la cordura por parte de Manuel Marín, el presidente de la Cámara, de la otra, no de la de video. Los señoríos del PP continúan en su camino imparable de coleccionar amigos entre la policía: no se fían de los policías asignados para su seguridad en el recinto del Congreso, no se fían de los asignados para la seguridad del ministro Bono, no se fían de los policías que han investigado la matanza de Atocha, no se fían de los policías que cuentan el número de participantes en sus manifestaciones…
Esta es una enfermedad que se conoce como paranoia. Para noia, para noia… maldición ¿es acaso catalán? ¿La ultraderecha españolista tiene una enfermedad de origen catalán? ¿Será un castigo de dios?
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(Meditación para hoy: La Federación Internacional de la Cruz Roja y la Media Luna Roja han diseñado un nuevo emblema que consideran más “neutral” con el que poder identificarse y “dar protección a las víctimas y a los trabajadores” en conflictos en los que no pudieran usar sus logotipos actuales. La cruz y la media luna serán sustituidas por un rombo que evocará un cristal. Tiene guasa que los símbolos que identifican a organizaciones humanitarias si ánimo de lucro puedan ser considerados una agresión en lugar de un socorro, según sea el país en el que operen. El odio de las religiones contamina las relaciones humanas hasta con sus signos.

22 Jun 2006

ETA contra el ZAR

00:25, por manolosaco  
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Cuando el presidente Rodríguez Zapatero dijo que el proceso de paz iba a ser un camino largo y difícil, los más optimistas colocaban el horizonte de la paz definitiva en unos días cercanos a las próximas elecciones en Euskadi para facilitar, de paso, que una renovada Batasuna pudiera concurrir a los comicios con plenos derechos. Eso, los más optimistas. Los pesimistas auguraban que el proceso se dilataría al menos un par de legislaturas, entre zancadillas desde la derecha y la izquierda.
Yo debo confesaros que unos días estoy en el primer grupo, otros, en el segundo, y a veces, como hoy, en el grupo de los que piensan que esto no tiene remedio. Recuerdo el día en que ETA anunció el “alto el fuego permanente”, con esa manera tan suya de retorcer las palabras para acabar no diciendo lo que en realidad quiere decir. La extrema derecha que apacienta los sentimientos de la derecha española encajó la noticia como uno de los mayores disgustos de su vida, porque la paz es el fracaso del beligerante, la jubilación del patriotero. Cuando a la izquierda se le murió Franco (“contra Franco vivíamos mejor”), un sentimiento de alegría pugnaba al mismo tiempo contra la desilusión de que el asesino hubiese muerto en la cama, torturado con el encarnizamiento terapéutico, eso sí, aplicado por el yernísimo Marqués de Villaverde que veía en la desaparición de su suegro el final de sus privilegios. Muchos hicieron un alto en su agnosticismo para rezar por que la agonía fuese eterna. En cierto modo, el Marqués nos vengó a todos sin pretenderlo.
Esa mala buena noticia que tanto desasosiego trajo al ZAR (Zaplana, Acebes, Rajoy -hay otra versión, ZARA, en que la última A se refiere a Aznar, pero ya roza la publicidad encubierta-) se les va suavizando según ETA abre su bocaza para trasladar la desilusión al resto de los españoles que pensábamos que la mesa de negociación se nutriría con propuestas asumibles por la mayoría de los españoles. Un día nos golpea el ZAR y otro ETA, ambos pidiendo abiertamente lo imposible, en un estúpido diálogo de sordos y ciegos. Porque el último comunicado de ETA es una provocación manifiesta, como si dentro del seno de la organización terrorista conviviesen las siniestras imágenes especulares de una Esperanza Aguirre y un Ruiz Gallardón con boina y pasamontañas.
Seguir apostando “por el proceso de paz” para a continuación pedir que los jueces dejen de hacer su trabajo y mantener, además, que su exigencia de una Euskadi independiente es innegociable, es dar pábulo a la derecha de que semejante negociación sería abiertamente una “mesa de rendición”. Sabiendo que comunicados como el de ayer no sólo no sosiegan los ánimos, sino que los exacerban, para gran contento del ZAR, me lleva a pensar que todavía no está muy claro quién es el interlocutor de ETA con la suficiente autoridad moral como para imponer el resultado de las negociaciones a toda la organización.
En realidad, todos estamos pillados por los huevos. Desde los grandes atentados del 11-S y el 11-M, ETA sabe que sólo puede huir hacia adelante, que el terrorismo se ha quedado sin glamour, que es una forma de lucha desprestigiada, que ha perdido para siempre el aura revolucionaria, pasando a ser en el inconsciente colectivo una manifestación pura de la barbarie. Por su parte, la extrema derecha española no puede seguir dando el espectáculo, tan evidente, de que la paz sería el fin del ZAR, que pasaría a la historia como el único partido que quiso evitar la desaparición del terrorismo etarra, con el fin vergonzoso de que su contrincante no se beneficiase de los votos de acción de gracias de la ciudadanía.
Y el gobierno lo tiene crudo y tiene prisa. Y las prisas son malas consejeras.
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(Meditación para hoy: el hombrecillo insufrible, ex presidente del Gobierno y presidente de la Fundación FAES, ha sido nombrado miembro del Consejo de Administración de News Corporation, la empresa propietaria, entre otras, de la cadena de televisión norteamericana Fox News, el púlpito más retrógado de la extrema derecha de aquel país, aliado de Bush hasta la náusea en su campaña a favor de la intervención en Irak. ¿Qué hace un hombre como él, centrista reformista de toda la vida, en una cueva de ultraconservadores comandados por el señor Murdoch? ¿Será desde ahora la FAES (Falange Española) la encargada de transmitir directamente los recados del emperador americano al nuevo emperador español, el ZAR?

21 Jun 2006

Cuatro por cuatro, dieciséis

00:05, por manolosaco  
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El otro día mi alcalde vino de visita pastoral a mi barrio, un infausto lugar del sur de Madrid, prácticamente inhabitable, afectado por las monstruosas obras de la M-30. Se presentó con su cohorte de concejales para cerciorarse in situ de que las obras estarán terminadas justo a tiempo de cortar la cinta de inauguración, inmediatamente antes de las elecciones municipales. Nunca sé si los políticos se ponen casco en estos casos para camuflarse en el democrático paisaje obrero o para prevenir los efectos de alguna posible pedrada por parte de algún vecino cabreado. Lo cierto es que el casco queda muy propio, pues el barrio se parece mucho a una zona de guerra, cavada de trincheras.
Para conseguir panorama tan desolador, además de talar miles de árboles, algunos centenarios, como ya sabéis, dejó sin aparcamiento también a miles de residentes, que ahora invierten varias horas de sus días en la busca de un claro de acera, paso de peatones, carril bus o doble fila compartida donde dejar durmiendo su vehículo. Y los perros siguen cagando como antes. Así que pasear por mi barrio tiene algo de aventura, y más cuando tienes que cargar con las maletas quinientos metros hasta el coche porque el acceso a tu casa lleva un año cortado.
Ya os conté una vez que los aparcamientos son tan escasos en los aledaños de la M-30 que la mayoría de los residentes ha optado por no mover los coches, de tal manera que al cabo de las semanas van adquiriendo una pátina de polvo que los deja con el aspecto inequívoco de haber sufrido un bombardeo. Pero ahora, un nuevo elemento se une al paisaje urbano de mi barrio. En los últimos meses he comprobado un aumento alarmante de automóviles todo terreno, los famosos 4×4 (dieciséis), que gracias a su altura y sus monstruosas ruedas, pueden encaramarse con facilidad a su lugar natural de aparcamiento: las aceras.
Un vecino mío se compró uno de estos artefactos, concebidos para los safaris y las excursiones al campo. Teníais que verle la pinta: nada más observar el color céreo de su piel, casi transparente, y su estructura enclenque y quebradiza, lo definiríais como la típica rata de biblioteca, quizá un poeta vergonzante, un aventurero de todos los mares de la imaginación y de los libros, sin salir jamás de casa. Imaginaos, pues, mi sorpresa cuando le veo descender de un dieciséis monstruoso, vestido de explorador africano, por aquello de meterse en situación, supongo, con esos pantalones y chalecos de camuflaje de infinitos bolsillos que sirven para guardar la linterna, el machete, la pistola y la navaja mil usos. Es decir, todo lo necesario para medrar en la vida urbana.
Seguro que viene de un baile de disfraces, me dije, al ver su catadura de colono de mentirijillas, con los pantalones cortos que dejaban al descubierto la poca chicha que el ser humano precisa para mantener en pie su esqueleto. Porque mi intrépido conocido no ha visto el campo en su vida. Él sabe, pues hace muchas incursiones en los libros, que de allí vienen, por misteriosos mecanismos, la leche, la carne, los huevos y la harina, pero que el campo es un lugar poco recomendable, infestado de bichos molestos, dominado por gente ruda cuyo pasatiempo predilecto es mofarse de los domingueros de la ciudad que juegan a aventureros de fin de semana por los montes perdidos, espantando el ganado y profanando el silencio con sus 4×4, devoradores de tortilla de patata al resguardo del aire acondicionado.
Por eso, porque yo sé que él piensa que más allá del asfalto solo existe la barbarie, me resultaba inexplicable para qué se había comprado aquel coloso de cuatro ruedas que necesita al menos dos plazas de garaje, como esa gente de culo gordo que utiliza dos asientos en los aviones para encajar sus posaderas.
Era únicamente para hacernos la vida imposible a los usuarios de las aceras. Menos mal. El campo y su fauna y flora pueden estar tranquilos.

20 Jun 2006

Todos somos cómplices

00:03, por manolosaco  
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El profesor Tierno Galván, antiguo alcalde de Madrid, un socialista “ilustrado”, gustaba de hablar de la calidad de los votos, más que de la cantidad, en una democracia utópica en la que el voto de los ilustrados tuviera más valor en el cómputo final que el voto de, pongamos por caso, los porteros de finca. No es mal recurso mental para justificar el fracaso en una votación.
En el caso del referéndum del Estatuto de Cataluña, la derecha perdedora ha decidido aplicar la nueva doctrina de que lo importante no es el sentido del voto ganador, ni siquiera su calidad, como pedía el viejo profesor, sino la cantidad en forma de abstención. Tan sólo uno de cada tres catalanes refrendó el Estatut, según el PP, el mismo partido que gobernó tan ricamente durante varios lustros en una Galicia cuyo estatuto había aprobado apenas el 28% de los censados.
Para los que nos gobernamos por el sentido común, en una votación así están nítidamente contempladas todas las posibilidades, incluido el derecho al pataleo. Uno puede decir sí, o no, o votar en blanco, o emitir un voto nulo emborronando la papeleta con mensajes de cariño al estilo de “ZP, cabrón, trabaja de peón”. Y por supuesto, la decisión no menos importante: la de no ir, abstenerse, pasar. Y todas tienen su lectura específica si se utiliza para su análisis, como digo, el sentido común. En este último caso, como decía ayer Pepa, una de nuestras comentaristas habituales, “los que se abstienen simplemente están delegando en los que sí se acercaron a votar”. Sin lecturas retorcidas.
En la larga y sobreactuada estrategia del Partido Popular para deslegitimar el resultado de la votación, exigió previamente (y consiguió) que la Junta Electoral prohibiese a la Generalitat hacer campaña animando a un voto que podría haber legitimado, sin dar pábulo a la duda, el respaldo mayoritario de la ciudadanía al nuevo estatuto. Pero es que la derecha nacionalcentralista entendió a la perfección que la abstención era huérfana, sin padre ni madre ni padrino, un voto en tierra de nadie, una espléndida cosecha de votos (de “no votos”) que se podía encajar con calzador en la columna del NO. En ningún libro está escrito cuál es el porcentaje de participación que legitima moralmente una votación, así que cada uno puede inventar su propio baremo para que el resultado se acomode a lo que deseaba demostrar, “quod erat demostrandum”.
Es un camino filosófico peligroso porque, llevado a su extremo, nos llevaría a concluir que en democracia los gobiernos apenas están legitimados por el 20 ó 30% de los ciudadanos. Porque, continuando con esta línea argumental, si sólo acudieron doscientas mil personas a la última manifestación contra el terrorismo, convocada por su sección de víctimas, ¿quiere ello decir que, según el PP, los cuarenta y tres millones de ciudadanos restantes somos cómplices de ETA?
Si es así, que lo digan de una vez.
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(Meditación para hoy: cuando recibí por televisión la noticia de que habían asesinado a Miguel Ángel Blanco creo que fue el último día que lloré. No es fácil en alguien como yo, de una generación educada en el principio machista de que los hombres no lloran. Lloré, más que por una pena difícil de explicar, de rabia, por la injusticia, por la saña mostrada por sus asesinos. Idéntico sentimiento me hizo un nudo en la garganta cuando de nuevo la televisión me trajo estos días las imágenes del desprecio chulesco de sus asesinos en el juicio que se celebra contra ellos. Desprecio a su memoria, a su familia y a todos los demócratas.
Cuando por entonces nos convocaron a la manifestación de las manos blancas me sentí uno más en la corriente de aquel río humano de esperanza, y pedí justicia a gritos, codo con codo con sus correligionarios, como si hubiesen asesinado a un hermano que no conocía. Ayer, a la puerta del tribunal que juzga a los criminales, un grupo de ciudadanos, los mismos que tienen secuestrada para su uso exclusivo la bandera española, la patria y la palabra España misma, llamaban asesino a Rodríguez Zapatero e insultaban a la prensa que cubría el evento. Y no faltó, ávido de carroña como las gaviotas (¿he dicho gaviotas?), el inefable presidente de la AVT, equivocándose, como siempre, de aliados. Se me hace difícil pensar que llorábamos por el mismo muerto.