16 Mar 2006

Al fin lo sabemos

07:38, por Manolo Saco  

Ahora que Mariano Rajoy “ya sabe la verdad”, resulta que Zaplana quiere saber todavía la verdad. Digo yo que se la podía contar Mariano. No sé si ya no se hablan o es que viajan en tiempos distintos. Pero el caso es que yo también quería saber la verdad y ya la sé. Al ver la foto de la presentación del libro del diputado Juan Ignacio del Burgo, representante del PP en la comisión del Congreso que investigó la masacre del 11M, he comprendido al fin que todo el revuelo del “queremos saber” era apenas una campaña de promoción de un libro. Tanto follón para esto. En la foto promocional salen Pedro Jota, Del Burgo, Esperanza Aguirre y Zaplana, reunidos para vender un libro de ficción que relata lo que a ellos les gustaría que hubiese ocurrido aquel 11M.
Os recuerdo que de Del Burgo es el autor de aquel “cuestionario” enviado subrepticiamente a Rafá Zouhier, hoy en la cárcel, acusado de haber puesto en contacto a los terroristas islamistas con los asturianos que proporcionaron la dinamita para cometer los atentados. En medio del delirio de los autores de esta novela colectiva sobre el 11M, Del Burgo había enviado la “entrevista” al juez de la Audiencia Nacional, Juan del Olmo, como presunta prueba de la trama novelesca que estaban escribiendo. Acabamos de saber que el juez se la ha devuelto cortésmente (es un santo varón, ¡qué paciencia!) porque “ni el control de legalidad, ni el de legitimidad, ni el de adecuación a la norma permite aceptar el cuestionario remitido”. También acabamos de saber que Rafá Zouhier declaró ante el juez instructor de la causa que la “única banda armada” con la que ha colaborado es la Guardia Civil. Todo unido no sé si da para una novela de aventuras, quizá sí para una novela de humor.
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(Meditación para hoy: Zaplana sí que es un personaje de novela. No sólo ha entrado en la política para forrarse sino que en sus ratos libres se saca un sobresueldo de comentarista de moda. La última es que ha acusado a la vicepresidenta Fernández de la Vega de ir a Mozambique a disfrazarse. Quisiera hacer con vosotros la siguiente reflexión: ¿creéis que es así de machista, grosero y zafio como parece, o en realidad le han encargado ese papel para que Rajoy, en contraposición, llegue a parecernos todo un caballero? ¿No habrá ninguna diputada con vergüenza torera que le pare los pies?)

15 Mar 2006

El miedo a ser llamado poco patriota

08:59, por Manolo Saco  

En los Estados Unidos, actor y de izquierdas son en la práctica términos antitéticos. La gran industria de Hollywood, entendida como la punta de lanza de la propaganda patriótica, está en manos de los conservadores, y corren de mano en mano las listas negras de los actores activistas de los derechos humanos como un aviso para navegantes, una llamada al disimulo para los militantes de izquierda que deseen continuar trabajando. Woody Allen ni siquiera se pasa por allí para recoger un oscar. Tim Robbins, Jane Fonda o George Clooney apenas consiguen arrastrar a sus compañeros de profesión a las manifestaciones contra la guerra de Irak.
Sí prosperan, en cambio, los tipos como Ronald Reagan, quien antes de ser presidente de los Estados Unidos ya era famoso por sus servicios como soplón ante la comisión de la caza de brujas del senador McCarthy, o directores como Elia Kazan, delator también contra sus antiguos compañeros del Partido Comunista, o bien actores (¿) inclasificables como Charlton Heston, hoy presidente de la Asociación Nacional del Rifle que agrupa a su alrededor a la extrema derecha de aquel país, apoyo fundamental en la campaña presidencial de George W. Bush, o ese monumento a los esteroides conocido como Arnold Schwarzenegger, a la sazón gobernador de California y generoso expendedor de condenas a muerte.
George Clonney tiene la suerte de que, además de gustarle a rabiar a mi mujer, convierte en éxito de taquilla todo lo que toca, apoyado en su palmito de ser el hombre más sexy del mundo. Ello, quizá, le ha convertido en un intocable, lo que le permite invertir su renta de seductor en la batalla desigual de despertar a sus compatriotas sobre la política imperialista y arbitraria de su presidente. Clooney acaba de arremeter contra la tibieza de los demócratas de su país en el asunto de la guerra de Irak. “Por eso me enloquece oír -dice- a todos estos demócratas diciendo ‘fuimos engañados’. Me apetece gritar: ‘que os jodan, no fuisteis engañados’. Teníais miedo de ser llamados poco patriotas”. Y esto es todo un manifiesto revolucionario, en un país donde la ley más arbitraria contra el terrorismo se llama Patriot Act, Ley Patriótica, en la que quedan en suspenso parte de los derechos humanos.
Aquí en España sabemos muy bien qué significa eso de ser patriota. Alguien dijo que el patriotismo es el último recurso de los granujas. Se te perdona que seas un canalla, pero que no seas un patriota, jamás. Es un sentimiento elemental que, bien utilizado por sociedades bien organizadas, puede dar muchos réditos, pues no hay que estudiar para llegar a ser un buen patriota, ni trabajar duro, ni hay que practicar ninguna virtud especial. Cualquier imbécil puede licenciarse con nota en la carrera de patriota. Basta con nacer en Vizcaya, Burgos o Castelldefels para traer bajo el brazo el pan de la patria que habrá de ser tu alimento espiritual hasta la muerte.
Cuando yo era más joven, en pleno franquismo triunfante, en las reuniones clandestinas de los grupos de izquierda (había más grupúsculos de partidos que militantes) al cabo de media hora de discusión se establecía una extraña pugna por ver quién era más rojo, una confesión de patriotismo a nuestro modo, porque nadie quería quedarse a la derecha de nadie. Algunos de aquellos conmilitones que de ninguna manera consentían que alguien pudiese posicionarse más a la izquierda que ellos, de tanto doblarse son hoy patriotas que escriben soflamas incendiarias en la prensa golpista o en los medios de comunicación de la derecha imaginativa al servicio del PP, sin solución de continuidad. Cuando oigo y leo lo que dicen hoy, y vuelvo la memoria a sus discursos de ayer, me recuerdan esas fotos en blanco y negro de Ramón Tamames festejando a Santiago Carrillo. Y me cuesta pensar que son los mismos. Los mismos patriotas que se han cambiado de patria.
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(Meditación para hoy: el patriota de los patriotas, Mariano Rajoy, se ha bajado los pantalones y ha puesto la marcha atrás sobre sus declaraciones del día anterior. El juicio del 11 M puede continuar, según Rajoy, aunque sigue bajo sospecha, según Zaplana. ¡Qué cruz!)

14 Mar 2006

¿A cuanto sale matar?

08:11, por Manolo Saco  

A Santísima Trinidad (¡vaya por Dios!) y a Eladio María (¡Virgen santa!) les han puesto una multa de 60 euros por el intento de agresión a Santiago Carrillo en un acto público en la Politécnica de Madrid el pasado octubre. Habían acudido a la Universidad, como hace setenta años ya hiciera su padre espiritual Millán Astray, a profanarla, a gritar su ideario intelectual favorito: “¡muera la inteligencia!” Se trata de dos valientes fascistas que le tiraron a la cabeza una papelera a un cobarde anciano de casi noventa años.
Me recuerda aquel camposanto de Portugal en el que, según la leyenda urbana, existe una lápida con la siguiente estela funeraria: «Aquí yace un cobarde gallego, muerto a manos de tres valientes portugueses». Santiago Carrillo está vivo gracias a que los valientes fascistas ya no son lo que eran y han perdido la antaño buena puntería en el noble deporte del tiro al rojo. Y los fascistas andan sueltos por la calle, sin que nadie les parta la cara de chulos, con apenas sesenta euros menos en el bolsillo, para poder contar a los cachorros de su camada lo barato que resulta en España asustar a los ancianitos.
Echemos cuentas: si tener la intención de matar a alguien se liquida con sesenta euros, ¿conseguirlo estará al precio de apenas un exceso de velocidad en autopista?
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(Meditación para hoy: antes de que la policía y la fiscalía negasen de una vez por todas que se hubiese cambiado la mochila bomba que no estalló en El Pozo el 11-M, Mariano Aznar se apuntaba a los delirios del diario El Mundo y su imaginativa trama etarra, hasta llegar a sugerir que a lo mejor había que suspender el juicio. Lo que en verdad parece es que José María Rajoy sí tiene suspenso ya el juicio. El poco juicio que le quedaba.)

13 Mar 2006

La Larga Marcha

08:05, por Manolo Saco  


Ya os dije una vez que lo que más me gusta de viajar es el viaje en sí, más que llegar. Llegar, a veces, acaba siendo muy frustrante, porque uno tiene a menudo magnificado el lugar de destino, pongamos París, y luego resulta que la torre Eiffel se te presenta como una horterada para turistas, y el Pompidou, un pobre reflejo del museo del Prado. El camino es un dejarse llevar por la imaginación, y la imaginación no tiene límites. En cambio el destino, excepto Venecia, es siempre menos hermoso que lo imaginado.
Por eso comprendo perfectamente a los dirigentes del Partido Popular en su labor de búsqueda constante de la verdad. Mientras van hacia la verdad, su mente la fantasea y la modela y viste a su conveniencia… hasta que llegan a ella y comprueban, por ejemplo, que no es más que una torre de acero de dimensiones disparatadas y que destroza el paisaje de un barrio de hermosos edificios del siglo XIX. Estos dirigentes de la extrema derecha han leído en una guía turística que la verdad vive en algún lugar indeterminado del centro, y hace tiempo que han emprendido, como Mao Tse Tung, una Larga Marcha que un día le hizo preguntarse a Alfonso Guerra ¿”pero de dónde venían?” Mao condujo durante un año a un ejército de 200.000 seguidores desarrapados y mal alimentados desde el sudeste de China a las regiones montañosas del norte. El hombrecillo insufrible y sus vicarios en la Tierra llevan penosamente a diez millones de votantes, zarandeándolos de aquí para allá, no por “desiertos lejanos” sino por rutas imperiales hacia la derrota final.
Estoy con ellos en que la verdad puede ser muy incómoda, por eso entre los días 11 y 14 de Marzo de 2004 prefirieron seguir buscando la verdad, mientras la policía ya la había encontrado: la verdad se llamaba terrorismo islamista, provocado por la insensata decisión del hombrecillo insufrible de meternos en una guerra ilegal. El eslogan para la próxima temporada, acuñado por el mismo equipo que cuando gobernaba infravaloró el peligro del que alertaban insistentemente desde la Seguridad del Estado, explica muy bien su obsesiva búsqueda de la verdad: “queremos saber”. El juez y la policía ya tienen una idea bastante cabal de la verdad, pero la extrema derecha sólo quiere saber, desea seguir viajando hacia la verdad, porque, como a mí, lo que más le gusta es el viaje y no el destino. Porque la verdad y París, al final, no son tan hermosas.
Claro que para eso debemos armarnos de paciencia. Estos chicos recuerdan desagradablemente a esos niños que van dando el coñazo durante el viaje: “Papá, ¿y falta mucho? ¿Y cuando comemos? Me estoy meando”. A mí no me importa que se busquen los trucos que hagan falta para alargar su travesía. Como si no quieren llegar nunca al centro. Allá ellos, nadie se lo ha pedido. Pero, ¿no os parece un coñazo que se pasen las horas muertas con la cantinela de “Papá, queremos saber. Papá, queremos saber. Papá, queremos saber. Papá, queremos saber…?”
¿Cómo decirles la verdad sin estropearles la idea fantasiosa que se han formado de lo que les espera al final del camino? Quizá lo mejor, aunque os parezca cruel, sea abandonarlos en la primera gasolinera de las próximas elecciones, antes de que sea tarde y se encuentren con que irremediablemente han llegado a la verdad.

11 Mar 2006

El ejemplo de mi sacrificio

08:49, por Manolo Saco  

Mientras en el Reino Unido los lores acaban de rechazar la implantación de un documento nacional de identidad, en España estamos a punto de estrenar los primeros super DNI electrónicos, con un chip que albergará nuestra firma electrónica y la posibilidad futura de guardar muchos otros datos personales, tanto en lo referente a nuestras haciendas como a nuestra salud. Todo se andará. El día de mañana el carné de identidad podría ser nuestro otro yo, de fácil e inmediata lectura por parte del Gran Hermano de la policía de aduanas, de Hacienda, del médico de cabecera, del director del banco o del portero del estadio de fútbol, evitándonos, así, el penoso trance de tener que contarles nuestra vida.
Algún amigo tengo al que le angustia esa posibilidad futura de que todos nuestros datos se guarden en un equilibrio delicado dentro de un chip incrustado en una tarjeta de plástico tamaño visa. Y no se dan cuenta de que en realidad los más adelantados teléfonos móviles ya se están acercando a esa figura de almacén de nuestra biografía, con toda nuestra agenda de contactos grabada, con un detallado apunte de las llamadas recibidas y enviadas, y, lo que es más peligroso, de mensajes sin borrar, la hora en que nos despertamos, las fotos que enfocamos, nuestra música favorita…
A mí me encantaría que, para ahorrar espacio, los nuevos DNI incluyeran ya teléfono móvil, cámara fotográfica, y el algoritmo, o como coño se llame, de la tarjeta de crédito, además de los datos del permiso de conducir, mis pulsaciones y mi tensión arterial. Un peso que nos íbamos quitando de encima. Porque esa es otra, los documentos. No puedes salir de casa sin el DNI, el carné de conducir, la tarjeta de crédito, la del NIF, y la de la Seguridad Social. Por no hablar de las tarjetas de los grandes almacenes (tres), del concesionario de automóviles, del RACE, del Colegio profesional, de la Travel Club… Cuando llega el buen tiempo y sales a la calle sin chaqueta, informal pero “arreglao”, ¿dónde lo metes todo?
Un mal día del verano pasado lavé en la lavadora el carné de identidad. No estaba sucio: es que se me olvidó en el bolsillo de la camisa. Lo llevaba encima porque mi seño, a quien le lleno el bolso con todos mis cachivaches, incluidas las llaves de casa y del coche, el día anterior no había podido salir conmigo. Tras un ataque de lejía de las que respetan el color y una dosis de detergente que penetra hasta en las manchas más difíciles, el carné hubo de aguantar un enérgico centrifugado antes de salir al fin a la luz hecho unos zorros. Cogí con mimo su cadáver y me fui a la comisaría más cercana a que me hiciesen otro.
Como estamos en la era de las supertecnologías, me dije, me lo dan en el mismo día. En el mismo día, o sea martes, pero dentro de tres semanas, me dijo la funcionaria. Le expliqué que mi última adquisición era una tarjeta-monedero-telefónica, con un chip incorporado en el que cabe el Quijote entero, regalada por mi banco a los dos días de solicitarla. Alta tecnología que guarda en su diminuta memoria quién soy yo, a qué dedico mi tiempo libre, mi fecha de nacimiento, profesión, estado de cuentas y mi vida entera, y no ese papel plastificado, que se fabrica en diez minutos, y que no aguanta el más simple programa de lavado. Sin mover una ceja me respondió muy seria que peor es lo del carné de conducir, y nadie protesta, un tríptico absurdo en papel de estraza de color rosa, que cada uno se lo tiene que plastificar si quiere que le dure en un estado presentable. Presentable ante la Guardia Civil de Tráfico, se entiende.
Pero la chica, me consta, se quedó con la copla. Gracias a mí, aquella funcionaria pudo transmitir a la autoridad competente que un tal Manolo Saco había demostrado que el DNI no aguanta ni el más suave programa de lavado, aún enjabonado con detergente para prendas delicadas. Fruto de aquel sacrificio, al cabo de un año, el Estado pudo corregir un error absurdo que entorpecía tanto la vida cotidiana de los españoles como la de las lavadoras.
Esto me recuerda, mirad por dónde, el caso de la COPE, a la que han trincado manipulando a su favor el Estudio General de Medios (EGM) sólo para demostrar que la encuesta podría ser manipulable por cualquier desaprensivo. La COPE y yo somos unos mártires: yo poniendo en peligro mi identidad de plástico, y la COPE, su credibilidad, las existencias de su almacén de vendepatrias y su cristiano mensaje evangélico. Y todo, porque únicamente nos guía el mismo afán de entrega a la comunidad.

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